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martes, febrero 3, 2026

Mad Max: sobreviviendo en la Tierra Baldía

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yo te haré ver algo distinto, tanto

de tu sombra siguiéndote a zancadas en la mañana
como de tu sombra alzándose a tu encuentro al atardecer;
te hare ver el miedo en un puñado de polvo.

 

T.S Eliot, Tierra baldía, 1922

 

En algún lado, Philip Roth nos dice que los orígenes de la literatura occidental están en un acto de violencia: el rapto de Helena por parte de París. La Odisea es, entre otras cosas, por supuesto, el dilatado canto de la cólera que en Aquiles despertó tal hecho. Poco tiempo después, el cineasta australiano George Miller, en Mad Max: Furia en el camino (2015), canta la cólera de Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) ante el rapto de sus Cinco Esposas, sus cinco mujeres para la crianza, por parte de una de sus guerreras más valientes, Imperator Fortuna (Charlize Theron, de nuevo brutalmente magnífica). Desde luego que las razones de Fortuna están en las antípodas de las de París -ella quiere liberar a las esposas de la tiranía patriarcal, él, incluirla, tenerla en su lecho y los laberintos por los que transita cada historia son muy diferentes, pero en ambas obras pulsa un apego visceral por la violencia que, no por obedecer a elementales razones de sobrevivencia, no deja de ser ejecutada con cierta fascinación y ánimo lúdico, como quien confecciona una complicadísima e inverosímil obra de arte.

Miller ha hecho que, como en sus antecesoras Mad Max (1979), Mad Max 2: El guerrero de la carretera, (1981) y Mad Max; Más allá de la cúpula del trueno (1985), todo en Mad Max: Furia en el camino, toda acción, todo gesto, se presente bajo el signo, la urgencia de la urgencia del exceso, esperando que todo exceso desplegado compense las señales más ominosas del mundo post-apocalíptico donde se habita, el mundo, finalmente presente, de la tierra baldía. La urgencia de este exceso puede llamarse también la urgencia por la sobrevivencia. Aquí la furia del camino es la furia por sobrevivir, la furia del gen egoísta en su expresión más pura. La sobrevivencia de Max (un Tom Hardy efectivo y templado), como la de Fortuna, las Cinco Esposas, Nux, las sobrevivientes de Green Place y de hecho todos los habitantes de la tierra baldía, incluyendo esa muchedumbre de despojos humanos que claman ante el tirano por agua, se dé en primera instancia como una lucha despiadada y feroz por los recursos: lucha por el territorio, por el agua, por el combustible, por las armas.

Esta lucha desconoce la noción misma de turega: cuando Immortan Joe advertido de que Fortuna no sólo se ha desviado de su misión original -ir por combustible para la tribu- sino que se ha llevado consigo a sus Cinco Esposas, da inició una frenética y bizarra persecución que habrá de concluir sola con la muerte de alguno de los contrincantes.

Pero el escenario de lucha por la sobrevivencia en que transcurre la gesta de Max y Furiosa Mad tiene un segundo frente, un frente que está regido por la no menos despiadada y furiosa lucha por no ceder a la locura los últimos atisbos de humanidad que subsisten en cada uno de los habitantes de ese desierto, de ese puñado infinito de polvo.

El apocalipsis no sólo es patente en el colapso material de una civilización, sino también en la postración moral, en el extrañamiento ante cualquier asomo de empatía. El mundo que gobierna Immortan Joe con su banda de punk y freaks es un mundo post-moral, donde la aridez que rige las relaciones humanas es equivalente a la aridez del desierto donde estas tienen lugar. De ahí que el leitmotiv que sostiene la lucha de Fortuna, junto con las Cinco Esposas y el clan de mujeres sobrevivientes de Green Place, es el retorno al hogar, el retorno al Green Place, el jardín donde se originan y nutren esas viejas pero efectivas astucias del corazón como son la comprensión, la solidaridad, la compasión y el entendimiento íntimo (Nux, el Niño de la Guerra y Capable, una de las Cinco Esposas, viven momentos de entendimiento impensables en un principio pero decisivos para el desarrollo de la historia).

No es extraño, así, que las verdaderas heroínas de Mad Max sean ahora las mujeres: ellas no sólo son las únicas portadoras de la esperanza y de la posible redención -ante el resignado y atormentado Max y el cinismo belicoso de todos los demás varones- sino que también son sólo ellas quienes conservan la suficiente reserva moral y el coraje necesario para emprender la reconquista de la dignidad y todo lo que se puede edificar a partir de ello. Son ellas, en fin, quien le muestran a Max algo diferente a las sombras que lo acosan y al miedo mismo: le muestran el camino de retorno a la cordura.

Uno de los méritos mayores de Miller es haber filmado con gran vigor, y en momentos con una gran maestría, esta doble lucha, delirante en buena parte del film, sin abandonar nunca a sus personajes y la historia misma al mero ejercicio del virtuosismo técnico o el despliegue de efectos especiales. A lo largo de las dos horas del film, Miller además de envolvernos en el frenesí de la acción, hace que nos interesemos por el desarrollo de la historia y por el destino de Max, Fortuna y todos los demás.

Miller, además, en una espléndida mezcla de géneros, ha logrado que convivan, apoyándose una sobre la otra, las convenciones más entrañables del western, del road pictures, del cine apocalíptico, del cine de Clase B, el cine de acción, e incluso de las no menos entrañables caricaturas del Correcaminos y el Coyote, y, con una eficacia mayor, ha logrado también orquestar el más que sobresaliente trabajo de sus actores y equipo de doblaje (que incluye, por cierto, a integrantes del Cirque du Soleil y a atletas olímpicos), en la fotografía, edición y música y diseño de producción, por señalar las áreas más visibles. En este sentido Mad Max: Furia en el camino es un muy buen ejemplo del temperamento y compromiso artístico que suele estar ausente no sólo en las películas de acción más recientes, sino, en un sentido general en buena parte del cine que se filma hoy. Nada mal para una saga que inició hace 36 años su peregrinar y un director que a los setenta años muestra una vitalidad y creatividad que muchos directores jóvenes ya perdieron o que, acaso, nunca tuvieron.

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