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martes, febrero 10, 2026

Ananenko, Bezpalov y Baranov / Hombres (y mujeres) que no tuvieron monumento

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El 26 de abril de 1986 explotó uno de los reactores nucleares, el cuarto en concreto, de la central nuclear de Chernóbil apenas una hora después de que comenzara el día. Lo que comenzó como un experimento sobre las turbinas falló y el núcleo del reactor se derritió creando una nube radiactiva. El accidente fue el primero de los nucleares en alcanzar el nivel 7, altamente peligroso. Las máquinas, teledirigidas, hicieron la mayor parte del trabajo de contención y seguridad para evitar que el accidente fuera aún mayor. Pero había una parte del reactor al que las máquinas no podían llegar y eran las válvulas de liberación. Sólo humanos podían encargarse de eso en un viaje que se sabía que era de una sola dirección, un viaje sin retorno.

Los últimos que los vieron con vida dicen que iban caminando tranquilamente hablando entre ellos, como viejos amigos yendo a un lugar común o dirigiéndose cada uno a su puesto de trabajo antes de una dura jornada. Los últimos que los vieron estaban asombrados no de la camaradería sino de lo seguros y tranquilos que iban a cumplir con su misión. Los últimos que los vieron, cuentan, no pudieron sino derramar unas lágrimas al ver como entraban al edificio de la central nuclear de Chernóbil, Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov para abrir a mano las válvulas que de no ser abiertas acabarían por estallar convirtiendo el ya de por sí desastre nuclear en algo que podría convertir a media Europa en mortalmente radioactiva. Como buenos rusos, los tres, tras despedirse de todos para marchar a la muerte, habían brindado por el éxito de la misión con vodka.

Alexei Ananenko era el hombre ideal para encabezar la misión y fue el primero en presentarse voluntario. Desde la universidad en la que se especializó en ingeniería nuclear, es decir, en el diseño de los edificios de las centrales nucleares y de los reactores y en las medidas de seguridad necesarias, había destacado como uno de los expertos rusos en la materia. Él había sido, de hecho, el ingeniero en jefe durante la planeación y la construcción del Chernóbil. Él mismo había preparado el diseño de las esclusas de contención y las válvulas de liberación. Estaba casado y tenía un hijo.

Valeriy Bezpalov, también ingeniero nuclear, era el máximo responsable del reactor que había estallado. También se presentó voluntario. También era casado y tenía tres hijos, un niño y dos niñas. Con Ananenko sabía que no volvería a verlos. Para entrar a la piscina nuclear tuvieron que ponerse unos trajes de submarinista antirradiación que ambos sabían que no iban a resistir los cinco mil roentgens por hora (20 roentgens por hora es ya peligroso) que emitía el tanque. Y en esa labor de vestirse para ir a la muerte se percataron de que mientras ellos trabajaban en el fondo de la piscina necesitarían a alguien que los iluminara desde el borde de ésta.

Boris Baranov, trabajador sin cualificar de la central, con sus padres ya muertos y sin familia a la que echar de menos o que la echara de menos, fue el último en presentarse voluntario, precisamente para sostener la lámpara. Aunque él no fuera a entrar al líquido sabía que también ya estaba muerto al ofrecerse para la misión.

Ellos fueron los tres que, bajo la mirada admirada y probablemente triste de sus compañeros, se lanzaron a la alberca radioactiva del nivel -0,5, la alberca a la que entraron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov mientras Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Afuera nadie podía verlos ni saber que estaba pasando. Y, de repente, y eso sí pudieron verlo, se abrieron las esclusas y un millón de metros cúbicos de agua radiaoactiva comenzaron a fluir hacia el contenedor seguro construido para las emergencias. Toda Rusia y gran parte de Europa estaba salvada.

El expediente sobre ellos no existe. Por eso es difícil saber qué pasó realmente con ellos. Las versiones, cualquiera de ellas plausible, son contradictorias. La más sencilla de las explicaciones es que no regresaron. Ni tumba ni monumento. Otra de las versiones dice que una vez abiertas las válvulas se quedaron celebrando su hazaña (poca más radioactividad podría entrar en sus cuerpos) “riendo y abrazándose”. Regresaron, entonces, mortalmente afectados y murieron de “síndrome radiactivo extremo” en los hospitales que para atender a los afectados de la tragedia se habían establecido en Kiev y Moscú. Fueron enterrados en ataúdes de plomo antirradiación como mucho de los muertos tras la explosión. (Hay una tercera teoría, más leyenda urbana que realidad, que propone que Ananenko y Bezpalov, los dos que entraron a la piscina radioactiva murieron, mientras que Baranov, que no entró al líquido, tras una temporada se convirtió en una bomba humana contagiando a quien se le acercaba. Un burdo modo de convertir una historia hermosa en algo vulgar).

Nadie recuerda las palabras exactas que dijeron cada uno de ellos a la hora de presentarse como voluntarios para la misión suicida. Basta con imaginar que debieron ser, más o menos, así: “Alguien tiene que hacerlo”.

(Y, junto a ellos, olvidados, olvidados están también aquellos a los que se llamó los liquidadores. Bomberos, científicos e ingenieros nucleares, expertos en uranio, voluntarios, y soldados. Todos ellos sabían dónde y a qué iban. Todos ellos lo hicieron porque alguien tenía que hacerlo).

 

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