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martes, febrero 3, 2026

Tres edades de la mujer/ Imágenes de Aguascalientes

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“Todo pasa y todo queda,/pero lo nuestro es pasar,/pasar haciendo caminos,/caminos sobre la mar”… Es la voz del poeta andaluz –hermosa palabra, esta de andaluz– Antonio Machado, quien tuvo la fortuna de palpar la naturaleza humana como si se tratara de una exquisita pieza de seda, y nos la entregara en estos versos maravillosos, preñados de melancólica sabiduría.

Así transcurre nuestra vida, en un camino que inició con el nacimiento y concluirá con la muerte. Así peregrinamos, en un sendero que puede ser ancho o angosto, empedrado o debidamente pavimentado, un camino que nos lleva de un lado al otro, de una edad a otra, siempre con el fin obligado en la mente, y cada vez más cercano; más hoy que ayer, aunque menos que mañana. Siempre el camino, gozoso, doloroso, nocturno, placentero, perturbador, maravilloso, diurno, incierto… Camino sobre la mar.

Y ante las marítimas turbulencias, el miedo que nos produce lo desconocido, aquello que creemos que nos puede hacer daño, y desde luego la certeza de la muerte, está el asidero de la religión, la roca que resguarda a las almas en los mares embravecidos; la certidumbre de que a despecho de los oleajes peligrosos, de las noches oscuras, al término del camino nos espera el ansiado final feliz; la meta soñada, aquella en la que muchos fuimos educados.

He aquí tres edades de la mujer; tres miradas que expresan de manera muy nítida el instante que viven, de los ojos libres de toda atadura, brillantes y prometedores, a la mirada que conforme se avanza en el recorrido va perdiendo su brillo; su inocencia, y se torna opaca; descolorida. Son tres momentos del recorrido que dan cuenta de lo que ya pasó, lo que es y lo que está por venir. En catedral, la mujer mayor busca en su interior lo que no encuentra fuera, en tanto la mujer madura inicia a la más pequeña en los misterios insondables de la religión y la trascendencia.

En la misma ciudad; en el mismo lugar y momento, hay un abismo de tiempo y cultura entre estas y aquélla. La mujer mayor cubre su cabeza en presencia de la divinidad, tal y como debían hacer las hijas de Eva en los tiempos anteriores a la reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II, a mediados de los años sesenta del siglo pasado. 

Viste de negro, como cuando el Sol se oculta y a falta del alimento cálido y vigorizante de la luz, todas las cosas se debilitan hasta perder su color y tornarse negras. 

Hoy en día cada vez menos mujeres guardan luto por la muerte de alguien cercano, y difícilmente se visten de negro más allá del día del funeral y las misas del triduo o novenario, si lo hay. El negro las oprime; las hace sentir que se asfixian, pero no a ella, mujer antigua del tiempo en que el luto era sinónimo de amor por la persona desaparecida y se guardaba de entre seis meses y un año, o más; el resto de la vida. No a ella, que más bien parece sentirse en su elemento, inmersa en el color de la noche. Además va vestida como las paisanas del poeta Ramón López Velarde, “con la falda hasta el huesito/según se dice en la moda de la provincia”. O quizá ocurra, no que esté de luto, sino que en el transcurso de su existencia, a fuerza de golpes y cansancio; de agotamiento de sus días, paulatinamente haya perdido los colores que la vida nos obsequia a todos nada más nacer, esos mismos que luce exuberante la mujer madura que además, hija de otra época, ya no se cubre la cabeza.

Pero contra todas las diferencias habidas y por haber, algo tienen en común las tres, porque en primera instancia las tres son mujeres. Además de esto se trata de algo que las reúne en el espacio sagrado en el mismo instante, aunque la más pequeña aún no lo sepa. Posiblemente sea la conciencia de la fragilidad de la vida; la necesidad de protección y bienestar, aquello que extrañamos tan solo por el hecho de estar vivos y que creemos haber perdido en el acto de nacer.

“¿Para qué llamar caminos/a los surcos del azar?…/Todo el que camina anda,/como Jesús, sobre el mar”, vuelve a cantar el poeta, para quienes quieran escucharlo. Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com.

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