Concierto de Música de Cámara en el Teatro Morelos
El pasado sábado 13 de diciembre se celebró en el Teatro Morelos un concierto de música de cámara muy interesante y, otra vez, como ha sucedido con frecuencia durante los últimos dos años y medio en Aguascalientes, se trata de un evento realizado desde las iniciativas independientes; y es que ante el pésimo trabajo que actualmente realiza el Instituto Cultural de Aguascalientes -ya ves, el Festival de Música de Cámara, uno de los más importantes a nivel nacional y que daba presencia y trascendencia cultural a nuestro estado, desapareció sin mayor explicación de parte del ICA-, es por eso que los artistas locales buscan ofrecer su propuesta desde la trinchera independiente y, con ello, se ha generado una oferta cultural muy interesante en nuestro estado con una cantidad considerable de propuestas culturales que han surgido independientemente de la maltrecha y desfigurada cultura institucional.
Pues bien, este concierto fue de verdad interesante por diferentes razones, una de ellas es que en el Teatro Morelos vimos artistas jóvenes con calidad incuestionable, compartiendo el escenario con músicos de trayectoria y experiencia, tanto en la música orquestal, música de cámara y, algo especialmente significativo, en la docencia., y esto no sólo es digno de mencionarse, sino de celebrarse, por todo lo que la docencia artística, especialmente la musical, representa.
Pero otro de los aspectos que hacen de este concierto algo muy especial, es el repertorio elegido para interpretarse, el nivel de exigencia fue enorme. El concierto inició con dos obras del genio de Bonn, de quien justamente hace unos días se celebró su aniversario 255, Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770. Del maestro escuchamos inicialmente el Cuarteto para Cuerdas, Op.18 en do menor, es el cuarto de los seis cuartetos que componen el Opus 18 de este genio de la música. Continuamos después con el Trío para Cuerdas, Op.9, en este caso fue el último de los tres tríos que componen el Op. 9 de Beethoven, y que está escrito en la misma tonalidad que el cuarteto anterior, es decir, do menor.
Después disfrutamos de una adaptación del Op.24 de Tchaikovsky que corresponde a su ópera Eugene Oneguin, sobre la novela homónima del escritor ruso Alexander Pushkin, en este caso fue la adaptación de una de las arias de esta ópera, o como Tchaikovsky prefería llamarla, “escenas líricas”, para violín y piano, con resultados extraordinarios, desconozco quién es el autor de esta adaptación que me pareció exquisita.
Después de un breve intermedio, el concierto continuó con lo que podemos considerar el platillo fuerte de la noche, es el Sexteto para cuerdas Noche Transfigurada, Op. 4 de Arnold Schöenberg, una obra difícil de tocar, de hecho, muy difícil, pero también complicada para el auditorio, sobre todo si no tenemos un oído entrenado en las audiciones musicales de este tipo de repertorio, es el inicio del dodecafonismo cuyo creador es justamente Arnold Shöenberg, y que tuvo como discípulos a Alban Berg y Anton Webern, y este tipo de argumentos musicales suelen carecer de líneas melódicas que nuestro oído pueda captar con facilidad, posiblemente estemos ante el inicio de la música atonal que encontraría su máximo desarrollo a mediados del siglo XX, esta obra, Noche Transfigurada, Op.4 es de 1899, por la fecha de composición, podríamos considerarla una obra del posromanticismo, aunque los argumentos musicales ya tienen otra dirección, insisto, el dodecafonismo o música serial, también conocida como la Nueva Escuela Vienesa.
La dotación instrumental para esta obra es de dos violines, dos violas y dos violoncellos y su ejecución, así me lo pareció, fue muy afortunada, considerando las exigencias propias de esta pieza de música de cámara, es una obra de grandes retos para los intérpretes, una partitura de un muy alto nivel de exigencia, no es de manera alguna un caramelito que pueda disfrutarse despreocupadamente, exige todo, tanto de los intérpretes, como del público. Es la primera vez que la escucho en vivo, ignoro si se había interpretado anteriormente en Aguascalientes, pero para mí fue un privilegio estar esa noche en el Teatro Morelos, no me podía perder esta noche de música de cámara, por cierto, hace falta programar más conciertos de este manjar que es la música de cámara, hace algunos meses se realizó en el Templo del Encino, música de cámara con el trombón como eje de esta serie de presentaciones, y es necesario después de haber mutilado salvajemente la oferta de música de concierto en Aguascalientes al desaparecer groseramente el Festival de Música de Cámara.
Los intérpretes convocados para este concierto fueron los siguientes: Silvio Correa Pérez, Magdalena Hernández y Daniel Pérez Hernández en los violines; Rolando García Moreno y Luis Ricardo Ramos en las violas; Margarita Benavides, Fernando Gómez y Arturo Reyes Barba en los violoncellos; y Daniel Romo en el piano, músico importante de Aguascalientes que ha desarrollado una carrera muy destacada y fértil, dirige además el Ensamble Coral Amicitia y la Orquesta Schumann, logrando ubicar a estas dos entidades en un lugar de honor en el escenario de la gran música de concierto en Aguascalientes.
Entiendo que el responsable de la organización de este concierto fue el violinista Silvio Correa Pérez y, claro, agradecerle el esfuerzo y felicitarlo por el resultado final, fue un trabajo titánico en el que todos los involucrados fueron exigidos al extremo, pero me queda claro que al final valió la pena. Como lo comenté líneas arriba, este fue un concierto producto de un esfuerzo independiente y hemos visto cómo estas iniciativas, realizadas así, tomando los riesgos de aventurarse en un proyecto independiente, están dando resultados satisfactorios, y esto tenemos que agradecérselo al ICA, su administración ha sido tan mala que han surgido esfuerzos independientes que han enriquecido de manera significativa la oferta cultural de Aguascalientes.




