La economía del cuidado, el gran pendiente
Hay una parte de la economía que sostiene al país todos los días y que rara vez aparece en la discusión pública. No genera titulares ni indicadores bursátiles, pero sin ella el sistema productivo se detendría. Es la economía del cuidado.
Cuidar a niñas y niños, atender a personas adultas mayores, acompañar a personas con discapacidad, sostener la vida cotidiana de los hogares. Estas tareas permiten que millones de personas trabajen, produzcan y generen ingresos. Sin cuidados, no hay productividad ni desarrollo posible.
De acuerdo con el INEGI, el trabajo no remunerado de los hogares representó en 2022 alrededor del 26 por ciento del Producto Interno Bruto. Para dimensionarlo: su valor económico supera al de sectores como la industria manufacturera o el comercio. Aun así, permanece fuera del diseño central de la política económica.
Este trabajo ha recaído históricamente en las mujeres. Más del 70 por ciento de las horas destinadas al cuidado no remunerado son realizadas por ellas. El impacto es directo: trayectorias laborales interrumpidas, menores ingresos a lo largo de la vida y una brecha de desigualdad que se reproduce de generación en generación.
La economía del cuidado no es un asunto privado ni doméstico. Es un componente estructural del desarrollo económico. Cuando no se reconoce ni se distribuye de manera corresponsable, el país pierde talento, productividad y competitividad.
En el plano nacional, México ha hablado durante décadas de crecimiento, inversión y modernización sin integrar un sistema de cuidados sólido. El resultado es un modelo que descansa en redes familiares cada vez más frágiles y en trabajo invisible que subsidia tanto al mercado como al Estado.
En el Bajío, región que se ha consolidado como motor industrial del país, la contradicción es evidente. El dinamismo económico convive con largas jornadas laborales, alta demanda de mano de obra y una infraestructura de cuidados limitada. La industria avanza más rápido que las condiciones sociales que la sostienen.
Aguascalientes refleja con claridad esta tensión. Su economía destaca por estabilidad y crecimiento, pero muchas familias resuelven el cuidado mediante arreglos informales. La falta de estancias suficientes, servicios especializados y apoyos a personas cuidadoras impacta en la participación laboral y en la calidad de vida de los hogares.
Ignorar la economía del cuidado tiene costos concretos: menor incorporación de mujeres al empleo formal, aumento de la informalidad, desgaste físico y emocional de quienes cuidan y presión creciente sobre los sistemas de salud y asistencia social.
Los países que han avanzado en esta agenda muestran resultados claros: mayor empleo femenino, mejor productividad y cohesión social más sólida. Invertir en cuidados no es un gasto asistencial, es una decisión económica estratégica.
La discusión pendiente incomoda porque obliga a revisar prioridades. Un país que presume modernidad mientras descansa en el trabajo invisible construye un desarrollo incompleto. El Bajío no puede consolidarse como región competitiva si ignora la base que sostiene su vida productiva cotidiana.
La provocación es directa: cuidar también es producir. Mientras la economía del cuidado siga fuera del centro de la conversación pública, el crecimiento seguirá avanzando a medias. Reconocerlo es una decisión económica responsable y una deuda histórica que México continúa postergando.




