Hablando de discapacidad con Ricky Martínez
Cuando la discapacidad llega sin avisar
Vivir una condición de discapacidad es una condición de vida. Abro estas líneas con una afirmación que para algunos puede parecer incómoda, pero que resulta profundamente liberadora: vivir con una discapacidad no es una tragedia, es una condición de vida. Lo digo no desde la teoría, sino desde la experiencia. Soy una persona ciega desde 2018 y puedo afirmar con claridad que la discapacidad no es sinónimo de derrota. Lo que sí puede ser devastador es la falta de accesibilidad, de oportunidades y de comprensión social.
En este esfuerzo permanente de difusión y educación en favor del modelo social de la discapacidad, es indispensable poner sobre la mesa algunos datos duros. La discapacidad puede adquirirse por tres grandes razones: por una condición genética, por enfermedad o, en una proporción significativa, por accidentes. Si simplificamos las cifras, ocho de cada diez personas con discapacidad la adquirimos a lo largo de nuestra vida. En pocas palabras y en claro: la discapacidad, mayoritariamente, no se nace; se adquiere.
Este dato, por sí mismo, debería transformar la conversación pública. Porque si la mayoría de las discapacidades no son congénitas, entonces no estamos hablando de “otros”, sino de nosotros. De cualquiera. De todos.
Más aún, cerca del 50 por ciento de las personas que adquieren una discapacidad lo hacen en edad joven y económicamente activa. Este elemento rompe otro mito profundamente arraigado: la idea de que la discapacidad está reservada a la vejez. No es así. La discapacidad atraviesa la infancia, la adolescencia, la adultez productiva y la tercera edad. Está presente en todos los estratos sociales y en todos los contextos.
Las estadísticas también muestran que, en mayor proporción, la discapacidad adquirida se origina en accidentes; en segundo lugar, en enfermedades; y en menor medida, en afecciones genéticas. Esto abre dos rutas de reflexión. La primera es la prevención: mejorar la seguridad vial, fortalecer la cultura de la protección en los espacios laborales e impulsar políticas de salud pública eficaces. Todo ello puede reducir la probabilidad de adquirir una limitación funcional.
Pero la segunda ruta es todavía más importante: ¿qué hacemos cuando la discapacidad ya llegó? Porque la discapacidad no avisa. No manda mensaje previo. No agenda cita. Puede irrumpir en un día ordinario y modificar radicalmente la narrativa personal. Y es ahí donde el modelo social cobra sentido. La discapacidad no es el problema; el problema es la exclusión.
Pienso en mi querido amigo Osvaldo Mendoza, joven hidrocálido que, en un día común de trabajo, sufrió un accidente que le costó ambas piernas. Su historia no termina en el quirófano ni en la tragedia; ahí comienza otra etapa. Con la sonrisa franca que lo caracteriza, Osvaldo inició un proceso de rehabilitación arduo y disciplinado. Hoy continúa luchando por acceder a prótesis que le permitan mayor movilidad y autonomía.
Su experiencia nos recuerda que los accidentes no solo ocurren en carreteras; pueden suceder en el entorno laboral, en el hogar, en cualquier espacio. Pero también nos demuestra algo fundamental: la dignidad no se amputa. La fuerza interior no depende de la integridad física.
Otro ejemplo es el de Luis Francisco Ponce, activista y referente político en la agenda de discapacidad en Aguascalientes. Tras superar un cáncer, enfrentó la amputación de una pierna. Sin embargo, lejos de replegarse, redobló su presencia pública, convirtiéndose en la primera persona con discapacidad en participar como candidato en una elección por mayoría relativa, caminando calles y tocando puertas por el voto. Recorre colonias, participa en debates y continúa impulsando causas sociales. En su caso, la discapacidad no fue un límite, sino un punto de inflexión.
Historias como las de Osvaldo y Luis nos obligan a replantear la narrativa dominante. La discapacidad no es el fin de la productividad, ni el final de la participación política, ni la clausura de los sueños. Lo que sí puede truncar proyectos es un entorno que no garantice accesibilidad, ajustes razonables y políticas públicas incluyentes.
Desde el modelo social entendemos que la discapacidad surge de la interacción entre una condición individual y las barreras del entorno. Si una persona usuaria de prótesis no encuentra banquetas accesibles, el problema no es su cuerpo, sino la infraestructura. Si una persona ciega no accede a información en formatos accesibles, el obstáculo no es su falta de visión, sino la omisión institucional.
Cuando la discapacidad llega sin avisar, la pregunta no debería ser “¿qué le falta a esa persona?”, sino “¿qué le falta a nuestra sociedad para incluirla?”.
En Aguascalientes hemos avanzado, sí. Hay esfuerzos institucionales, voces activas y marcos normativos que reconocen derechos. Pero todavía persiste una mirada asistencialista que reduce la discapacidad a caridad y no a ciudadanía. Y mientras no asumamos que cualquiera de nosotros puede formar parte de esta estadística en cualquier momento, seguiremos viendo la inclusión como un favor y no como una obligación democrática.
La discapacidad es el pan de cada día. Se vive, se convive y, en la mayoría de los casos, se adquiere. No distingue clase social ni profesión. Puede tocar la puerta de una familia en cuestión de segundos.
Por eso, más que miedo, necesitamos conciencia. Más que compasión, justicia. Más que lástima, accesibilidad. Vivir una condición de discapacidad no es algo terrible. Lo terrible es una sociedad que no se adapta, que no previene, que no garantiza derechos. Cuando entendamos que la discapacidad no es una excepción, sino parte de la diversidad humana, habremos dado un paso civilizatorio profundo.
Porque la condición llega sin avisar. Pero la respuesta social sí puede planearse. Y esa decisión, colectiva y política, está en nuestras manos.




