Cuando la disuasión deja de contener
La ofensiva conjunta de EE.UU. e Israel contra Irán rompe un equilibrio frágil y abre un periodo de incertidumbre en la región
En la política internacional, los acontecimientos rara vez ocurren de manera aislada. Cada suceso es parte de una extensa cadena de tensiones acumuladas y equilibrios delicados. La ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel contra objetivos en Irán —denominada Operation Epic Fury por el Pentágono y Roaring Lion por las fuerzas israelíes— no es un hecho fortuito, sino la manifestación palpable de una rivalidad que se extiende por más de cuarenta años.
Desde la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Irán, Israel y Estados Unidos ha estado marcada por una serie de confrontaciones indirectas, sanciones, enfrentamientos a través de aliados y operaciones encubiertas. Por años, la disuasión fue el mecanismo dominante: cada parte calculaba cuidadosamente sus acciones para enviar mensajes claros sin cruzar las líneas rojas establecidas. Aunque ese equilibrio siempre fue precario, logró evitar una escalada directa del conflicto.
Los ataques del 28 de febrero de 2026 rompieron con ese equilibrio. Autoridades estadounidenses e israelíes confirmaron acciones masivas contra instalaciones nucleares, fábricas de misiles, defensas antiaéreas y centros de mando en Teherán, Isfahán, Qom, Karaj y Kermanshah. El presidente Trump anunció la muerte del ayatolá Ali Khamenei y de otros líderes clave, haciendo un llamado al pueblo iraní para que tome el control de su gobierno. Por su parte, medios oficiales iraníes niegan esa versión y afirman que el líder supremo permanece al mando. Hasta el momento, fuentes independientes no han confirmado ningún dato de manera definitiva.
En contextos bélicos, la información circula con rapidez, pero envuelta en incertidumbre. Los reportes sobre el liderazgo iraní resultan contradictorios y carecen de confirmación independiente. Es fundamental distinguir entre datos comprobados y meras especulaciones. La experiencia demuestra que la eliminación de líderes clave no desmantela de inmediato la compleja estructura del Estado.
Los ejemplos de Irak en 2003 y Libia en 2011 evidencian que la destitución de un líder suele provocar vacíos de poder prolongados, fragmentación y una persistente inestabilidad. En el caso de Irán, su entramado de instituciones paralelas y fuerzas armadas podría facilitar tanto la resistencia como la división en diversas facciones. La ausencia de liderazgo rara vez resulta en un restablecimiento rápido del orden.
El aspecto jurídico es fundamental. El derecho internacional establece reglas precisas: proporcionalidad y protección de civiles. Estas normas no son simples declaraciones, sino límites indispensables para que la fuerza no sustituya el orden normativo. La legalidad de los ataques solo podrá determinarse mediante verificaciones independientes sobre los objetivos y el impacto humanitario, especialmente considerando los reportes de víctimas civiles en áreas sensibles.
En el plano regional, las respuestas han sido cautelosas: predominan las condenas y los llamados a la moderación, pero no se ha producido una escalada generalizada entre los países. Esta actitud prudente evidencia el temor a que un conflicto de mayor alcance impacte rutas energéticas estratégicas, eleve los precios del petróleo y altere la estabilidad de los mercados globales.
Los conflictos contemporáneos se desarrollan en múltiples frentes. El aspecto militar es preponderante, pero también tienen un peso relevante el ámbito económico, con sanciones y presiones financieras y el narrativo, donde cada actor busca legitimar sus acciones tanto ante la comunidad internacional como frente a su propia sociedad. Las exhortaciones a cambios internos forman parte de esa lucha por la legitimidad. La experiencia demuestra que las transformaciones impuestas desde el exterior suelen provocar una inestabilidad persistente.
La contundencia inicial de una operación no determina su desenlace. Estos enfrentamientos suelen desarrollarse en oleadas sucesivas, con respuestas y reajustes constantes. Una actitud moderada al principio no excluye posibles escaladas en el futuro, ni descarta la apertura de canales diplomáticos discretos para contener el deterioro de la situación.
En medio de este panorama, quienes más sufren son los civiles: enfrentan daños a servicios básicos, desplazamientos forzados y pérdidas humanas irreparables. La protección de la población civil no es un aspecto secundario, sino un principio fundamental del orden internacional.
La región ha atravesado repetidos ciclos de tensión seguidos por treguas frágiles, lo que demuestra que la estabilidad no se alcanza únicamente mediante la superioridad militar. Para evitar una escalada mayor, resulta fundamental contener el conflicto y mantener abiertos los canales de diálogo.
Cuando la disuasión se rompe, da paso a la confrontación directa. El uso de la fuerza puede modificar los equilibrios de manera temporal, pero no soluciona las causas profundas que afectan el orden regional. Las guerras reconfiguran mapas y alianzas, aunque rara vez logran sanar heridas históricas o cerrar cicatrices profundas.
Al momento de redactar esta columna, estos son los datos más recientes disponibles: el presidente Trump ha confirmado la muerte del ayatolá Ali Khamenei tras un ataque directo a su residencia en Teherán, calificando el hecho como “la mayor oportunidad para que el pueblo iraní recupere su país”. Fuentes israelíes y estadounidenses coinciden en que el cuerpo del líder fue localizado, aunque las autoridades iraníes insisten en que el ayatolá permanece “firme al mando” y hasta ahora no existe confirmación independiente. Paralelamente, la Guardia Revolucionaria advirtió que el paso por el Estrecho de Ormuz “no está permitido”, provocando la suspensión de envíos de petroleros y una interrupción parcial del tráfico marítimo. Esta escalada asimétrica —con amenazas sobre una ruta que transporta aproximadamente entre el 20% y 25% del petróleo mundial— evidencia cómo la ruptura de la disuasión puede traducirse rápidamente en disrupciones económicas globales y en un vacío de poder interno que, lejos de resolver tensiones, podría prolongar la incertidumbre regional.
Si este episodio representa el inicio de una nueva etapa en Medio Oriente, su impacto real dependerá de la capacidad de los actores involucrados para evitar que se desencadene un ciclo prolongado de inestabilidad. Mientras que la guerra puede estallar en cuestión de horas, alcanzar la estabilidad requiere años de decisiones prudentes y responsables. Es justamente esa brecha la que distingue al verdadero liderazgo dentro del sistema internacional.




