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domingo, febrero 1, 2026

El vodka, las horas y el libro / La escuela de los opiliones

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Leo una antología Porrúa de cuentos rusos. Para mí, los rusos son como el vodka (ya sé): eran más soportables en la juventud y ahora, veinte años después, me los tomo de vez en cuando; el vodka del adulto es para engañarse, por ejemplo, con que no se está emborrachando y puede regresar a voluntad cuantas décadas quiera. El engaño de rejuvenecer a través del destilado, de un destilado específico, porque las bebidas las separamos en sentimientos: cerveza para el cotidiano, whiskey para el señor, vodka para el morrito, mezcal para el alivianado. Jugo de uva y un piquete, y así pasan las bebidas y las horas, hasta que gritas como colegial un montón de barbaridades y te sostienes en los brazos de un desconocido. Perdón, con el vodka esto último me pasa más seguido.

Sí, pues, como el cuate borrachín de Raskolnikov. ¿Cómo se llamaba?

Me aventuro a decir una tropicalada: es que allá hace frío, por eso son como son y escriben como escriben. Sus personajes siempre parecen gañanes en gabardina (o en suntuoso uniforme militar), hombres barbones a punto de matar, a un empujón de enloquecer, en espera de la explosión para ponerse de rodillas y exigir a Dios que se aparezca, y que sí los redima, a ellos sí, y uno se identifica, quizás, porque siempre está en silencio pasando las páginas y es un torbellino de angustias, de deseos inconclusos por dentro y esperando, en un proceso secundario o terciario de pensamiento, que a nosotros se nos revele la verdad. La que sea. Supongo que la pasión del hombre ruso es como su versión de Winnie Pooh: un oso oscuro, maldito y gordo, rastrero, que a pesar del silencio y de la nieve camina y canta. La pasión eventualmente traiciona.

Pero mientras leía mi libro de cuentos, a veces lo dejaba a un lado y daba un momento de gracias, porque aún cuando soy agnóstico, algo debo agradecer. En unos minutos viví los siglos de otros. No lo presencié como en una serie o en una película. No lo atestigüé y especulé, como en una canción o en una pintura. El libro, como dicen por ahí, es una vida y cientos de vidas. Es la manera definitiva de apropiarse de la vida ajena y robarse la experiencia para incorporarlo a la realidad propia. Es decir, uno no sólo se lleva las ganas de tomarse el vodka o fumarse el cigarrito, sino también adquiere los recuerdos y las simulaciones de un personaje, de un narrador, de un escritor. El libro es el instrumento capaz de comprimir en un espacio pequeño el mundo de los otros y eso, siempre, será una celebración. Todas las existencias perpetuadas en esos objetos arcaicos.

En estos tiempos, lo demás parece más fácil: 10 horas de Netflix, 30 horas de un videojuego y mirar con devoción a un YouTuber dedicado, de necedad perpetua, que insiste en mantener un programa infinito, interminable. Los canales tratan de adecuarnos a estructuras de listas, tuitazos y de ejemplos, maneras de hacer las cosas que a veces son un engaños, y nos ofrecen magníficas fotos de espléndidos colores y presentadores hermosos que recitan palabras con una soltura aparentemente inopinada. Quizás, bueno, alguien nos leerá “Las memorias de un loco” en voz de Morgan Freeman y creamos, sí, que nosotros estuvimos ahí. No está mal, digo, entregarse al vicio de mirar la pantalla y abandonarse, pero indudablemente, el libro perdura como un objeto maravilloso: árboles que se tornan en universos complejos y si uno es dedicado, y entiende la facilidad y la prontitud con que uno puede entrar en esos otros mundos, jamás se arrepentirá de entregar horas de su vida a un maratón de lectura.

Feliz día tardío del libro y de la rosa. La dulzura está en los pliegues de la rosa, si uno se fija y sigue el camino laberíntico de los pétalos, encontrará el centro del cosmos ajeno.

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