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lunes, febrero 2, 2026

Píntame un grillito / Minutas de sal

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  1. ¿Quién es el que anda aquí? ¡Es Cri-Crí! ¡Es Cri-Crí!

Recuerdo escuchar las canciones de Cri-Crí, una y otra vez, gracias a los varios vinilos y el tocadiscos que podía usar porque mi padre me había enseñado cómo no estropearlo. Decía mi padre que él, de niño, había escuchado a Francisco Gabilondo Soler, Cri-Crí, en la radio. No me extrañaba, pues yo misma escuchaba programas diversos en ella. Las melodías de Cri-Crí me eran familiares, no tanto por lo lírico sino porque parecían música clásica. Sí, crecí en una casa donde Dvorak, Mahler y Beethoven habitaban en otros viniles, muy costosos, que yo no podía poner en mi tocadiscos.

  1. 2. La Negrita Cucurumbé se fue a bañar al mar para ver si en las blancas olas su carita podía blanquear

Recuerdo que, cuando era niña, allá en los setenta, era usual ver pequeños puestos callejeros en los que se vendían muñecas de trapo. Unas representaban a una afroamericana con vestido y cofia de tela roja con lunares blancos, o viceversa. Me gustaban mucho porque eran la referencia a Aunt Jemima, esa mujer sonriente que salía impresa en las cajas de harina para hot cakes. Tuve hot cakes en mi infancia, pero nunca una muñeca afroamericana de trapo. Tampoco supe en ese momento que esa imagen femenina era la de un estereotipo, el de la “mammy”, mujer maternal, dulce y a la vez estoica que fue representada a la perfección en la célebre película “Lo que el viento se llevó”.

Hoy puedo tararear casi completa la canción de la negrita cucurumbé. En mi infancia cree su imagen a partir del traje estereotipo de las muñecas de trapo. La negrita que deseaba ser blanca como la luna, como la espuma que hay en el mar. De niña no entendía la inquietud de la negrita cucurumbé, pero con unos años prestando atención al entorno la entendí. Todos se referían a la blancura de la piel, a los ojos claros, a los cabellos rubios como referente de belleza. Sí, crecí en una sociedad donde indio y naco señalaban el color de la piel. Donde prietito y morenito eran diminutivos para ocultar un velado desprecio. Crecí en un mundo donde el Apartheid estaba vigente.

No creo que ciertas canciones de Cri-Crí tratarán de promover o perpetuar ciertas posturas clasistas y racistas, sino que retrataban una sociedad. Hasta puedo asegurar que existe una ironía velada en sus letras, un “lo sabemos, pero nos callamos” tan propio de nuestra cultura. De alguna forma, para algunos, esas canciones, al señalar las verdades, nos invitaron a cuestionarlas, a transformarlas.

  1. ¡Un negrito bailarín de bastón y con bombín, con clavel en el ojal, pero que se porta mal!

Recuerdo a mi hermana menor llorando en los brazos de mi padre porque no quería representar el negrito bailarín. Supongo que lloraba porque sentía vergüenza de bailar en público. A mí me apuraba que sus lágrimas deslavaran la pintura negra que traía puesta en el rostro. Sólo ahora sé que aquel número infantil era un remedo del minstrel, un género teatral musical que fue el favorito en los Estados Unidos a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Cierto, el negrito bailarín de Cri-Crí era un juguete: Abre la caja/es un juguete/de hoja de lata/para ti... como aquellos juguetes de hoja de lata que se produjeron imitando otro estereotipo, también surgido del minstrel, el llamado “coon”. En ciertos números del minstrel, los actores se pintaban la cara de negro para lograr un blackface, que era la representación caricaturesca del afroamericano a la usanza de los rostros de los payasos. Muchos de esos actores cantaban, bailaban y tocaban instrumentos imitando la cultura de los esclavos de las plantaciones; hasta se imitaba su acento. De esta época, surgieron los estereotipos que perduraron hasta el teatro de vodevil, el cine y la televisión. Aunque muchos de los personajes fueron protagonizados por afroamericanos, con el tiempo, estos estereotipos cambiaron poco, hasta que en años recientes se han roto uno a uno.

  1. Negrito Sandía, ya no digas picardías. Negrito Sandía, o te acuso con tu tía

La primera vez que vi de cerca a un afroamericano fue en un viaje a Estados Unidos. Yo era niña, estabamos en un motel, él entró a la recepción. Me pareció inmenso, como creo todos los adultos me parecían, pero la majestuosidad de ese hombre me inspiró temor y uno de los más grandes asombros que he vivido. Imaginé que estaba hecho de madera. Y no, no se parecía a aquellos negritos de mi infancia.

El negrito sandía no era otro que el estereotipo del Pickaninny, el niño pequeño, de ojos inmensos, de boca ancha que devora siempre una sandía. Lo sé, muchos apuntarán con su dedo flamígero para decir que, hoy en día, los negritos de Cri-Crí son políticamente incorrectos. Estoy de acuerdo. Mis cajas de Aunt Jemima conservan a la mujer afroamericana, pero sin el disfraz de la “Mammy”.

Nunca he acabado de entender muchas cosas del mundo, como de niña nunca entendí esa estúpida valía de la piel blanca. Cierto, los años me mostraron la sociedad clasista en la que vivo. Los insultos indio y naco no han desaparecido. No importa cuántas veces nos apresuremos a usar el prefijo “afro” para ser políticamente correctos, como en aquellas canciones, hay algo velado en nuestro entorno. No basta callar a los grillitos para transformar nuestro punto de vista. Debemos atender la historia de esas canciones de la infancia, entender sus palabras, conocer las historias que creemos de otra época sólo para admitir que el pescado con bombín todavía no ha venido a decirnos que ya todo está bien. Sea: ¿Quién es el que anduvo aquí? ¡Fue Cri-Crí! ¡Fue Cri-Crí!

 

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