Dilema/ Bajo presión  – LJA Aguascalientes
19/10/2020


Lo que hace efectivo el planteamiento del documental “El dilema de las redes sociales”, (The Social Dilemma) es que presenta el impacto de las redes sociales en nuestras formas de convivencia a través de una mezcla de ficción y las declaraciones de diversos exempleados de Google, Facebook, Twitter e Instagram o TikTok; el documental centra su atención en la gravísima adicción que producen las redes sociales, especialmente en las generaciones más jóvenes, y deja al espectador de frente a la necesaria resolución de un replanteamiento de nuestro accionar ante las amenazas del algoritmo.

El documental hace énfasis en los cambios perversos que modifican nuestra conducta y el uso que hacemos de las redes, cómo antes que promover la convivencia y el diálogo, se prefiere vender el alma a lo banal, al discurso de odio, y nos transformamos en esclavos de nuestra adicción. Presenta, por supuesto, los efectos de la oxitocina y cómo esa sustancia incide en nuestras decisiones; pareciera que no hay otra alternativa que combatir a los dueños de las redes sociales para no ser manipulables, que es necesario vencer el algoritmo.

Lo que “El dilema de las redes sociales” no aborda, es que no somos máquinas y que antes de emprender una batalla contra los creadores del algoritmo se requiere comprender quiénes somos y la realidad que queremos vivir. Es mucho más simple inventarse un enemigo al que darle toda la responsabilidad y emprender una batalla contra “eso” que nos hace, antes que analizar lo que como individuos estamos dispuestos a construir a nuestro alrededor.

Los avances tecnológicos, desde siempre, han sido considerados como una amenaza a lo que nos hace humanos, y hemos sobrevivido a todas las nuevas tecnologías, desde la rueda hasta el libro, ¿cómo?, adaptándonos, no combatiendo, pensando antes de actuar en contra de alguien o algo. Si a partir de “El dilema de las redes sociales” comenzamos a pensar en que la batalla siguiente es contra los dueños de las redes sociales, es simple comenzar por intentar eliminar las aplicaciones a las que somos adictos, como si esas redes fueran un mal hábito antes que otra cosa y la mejor forma de evitarlos fuera la anulación.

Antes que emprender una batalla contra las redes sociales, antes de censurarlas, quizá se debería dar un primer paso que se relaciona con la forma de pensar nuestra estancia en el mundo. Hace poco alguien me comentó cómo lo afectaba el que alguien lo hubiera eliminado de una de sus redes sociales, las explicaciones a este hecho jamás pasaron por la definición de su relación, cómo era la amistad, cuáles eran las interacciones que tenían, no se mencionó las consecuencias en la vida real de ya no poder atender lo que el otro dispone en su aplicación para ser visto por el mundo. La vida real, me escuché diciendo en voz alta, porque pertenezco a una generación que asumía la virtualidad de una manera distinta, a la que era más sencillo definir qué era un “amigo”.

No se trata tampoco de hacer una distinción entre la vida real y la vida virtual, como si en estos tiempos se pudiera vivir en esos mundos separados, mucho menos se debe proponer la anulación de uno de esos campos, pues es igual de maniqueo el planteamiento como el que se hacía cuando el mundo virtual estaba en las historias que leíamos y no en la calle.

La distinción entre vida real y vida virtual tampoco es tan categórica como para evadir la responsabilidad de actuar en ellas, de sentir en ellas, de comunicarnos. 

Coda. En Fundación de Isaac Asimov, Riose se pregunta si tendrá que realizar una batalla y perderla sólo porque así lo estableció Hari Seldon, el creador de la psicohistoria; se le explica que como ya está todo previsto puede ejercer su libre albedrío como quiera, pero librará esa guerra y la perderá y se da el siguiente diálogo:

-¿Debido a la mano muerta de Hari Seldon?

-Debido a la mano muerta de las matemáticas de la conducta humana, que no pueden detenerse, ni desviarse, ni demorarse…

Se miraron el uno al otro en un punto muerto, hasta que el general retrocedió un paso y dijo sencillamente:

-Acepto el desafío. Será una mano muerta contra una voluntad viva.

Y sí, así se resuelve el dilema, con voluntad.

 

@aldan

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