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viernes, febrero 6, 2026

Oficinario/ La escuela de los opiliones 

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Palenque 82

Trabajaba mucho, a veces no dormía tres o cuatro días por entregar los kilos de videos para la máquina publicitaria. Rostros, cuerpos, actuaciones, los cuerpos esculpidos y los cuerpos ridículos, chamaquitos de sonrisa luminosa y brillante. Tal vez me extrañaban en mi casa (un hermano, una madre, unos tíos), pero aprendí a decir ese “es que el trabajo es una chinga” con el saborcito del que está fregadón, pero igual aprende a disfrutarlo porque es inevitable (engáñate, mae, ama tu trabajo y nunca trabajarás un perro día de tu vida), o quizás no hay de otra y en realidad no hay nada a qué regresar (mi perro, mi esposa, mis juegos, mis libros). Creo que este proceso de la resignación, o del engaño, contribuye enormemente, a convertir el regreso a casa en una canción melancólica. Odiseo no vivía aventuras, pero estaba haciendo entregas, horarios de oficina, el paseo de los bares y los prostíbulos. Una vez, la rentera se asomó para invitarme el café y las galletitas. Últimamente me acuerdo mucho de eso. Me pregunto qué me impidió aceptar su invitación. Pude ser como el personaje de una novela de Ibargüengoitia y añadir a mis memorias unas caricias desdentadas. Historias de un agachón y de un cobarde.

 

Atzala 1600

Me angustiaba convertir mi casa en un espacio de trabajo. Pensaba que debía vivir en ánimos separados, un cuerpo distinto para cada sensación. Pero uno se obliga, y después se aprende. Entiendo y acepto que vivo con muchos espíritus, que soy un camaleón de oficios. Primero con la escritura, los libros y finalmente el home office obligado por la pandemia. Tiene algo de perverso que tu espacio sea un homúnculo de actitudes profesionales, lúdicas y educativas. Daba clase en la misma habitación que utilizo para traducir los pensamientos de unos jugadores obsesivos y luego, en las noches, prendía los dispositivos para iniciar una noche solitaria (aunque cada vez menos) de streaming. Juego y hablo con alumnos, y amigos, y visitantes, y queridos. Veo mi ventana desde afuera y recuerdo, cuando trabajaba en Palenque, como miraba las luces encendidas de los vecinos y quería imaginar que trabajaban como yo, que igual les preguntaría cómo andaban y me responderían “es que el trabajo es una chinga”. Miraba sus siluetas y pensaba, discretamente, que el trabajo donde viven también es el espacio donde aman, como ha sucedido con mi espacio, y quizás algunos trabajos son placenteros aunque no te alimentan con reses blancas, o los rostros humanamente desfigurados de algunos cerdos. A veces miro atrás, mientras escribo, y la perra duerme en el sillón, e imagino que sueña a su padre, un hombre, siendo un tirano, un mandamás, un viajero, un contador, un barrendero, un fifiriche, un todosmíos, un hombre sin rostro. Trabaja donde amas y nunca trabajarás un día de tu vida.

 

Boulevard del niño poblano 2901

Siempre quise trabajar en alguna universidad, o en algún colegio. Pero también podría ser una iglesia, o alguna dependencia cultural de gobierno. Creo que son bastiones de civilización solamente porque la mayoría de ellos tienen jardincitos, algunos de ellos hasta conservan árboles altos y viejos. Sí, muy probablemente exagero. Yo trabajaría feliz en cualquier lugar de hojas verdes. Quizás, bueno, podría olvidarme de dar clases y cumpliría este sueño con algún carrito de esquites o de tamales; solo tendría que tomar cualquier sección del zócalo. En algún lado leí que la gente no abandona sus espacios siempre y cuando sean placenteros a la vista (eso no solamente incluye los árboles, pero también las estatuas, las pinturas y la arquitectura). Cuando digo que no los abandonan, me refiero a que son capaces de perdonarlo todo siempre que vivan sumergidos en la belleza; perdonan el crimen y perdonan la corrupción, por ejemplo. Entonces eso me hizo pensar que soy mexicano y cuánto amo la belleza de estos espacios que a veces son ingratos, y miserables. Los espacios hermosos no solamente sanan el espíritu, o los ánimos, pero también ayudan a sanar al cuerpo (estoy a unos pasos de una biblioteca que se ve hermosa, pero misteriosamente estéril. Me pregunto si eso me quitará algún pesar que no estoy seguro de cargar conmigo). Antes de sanar mis enfermedades, mientras estaba en la silla y me pasaban los químicos, pensaba continuamente: estoy caminando en este camino bordeado de árboles. Desde entonces es lo único que quiero, ese camino de ramas y de hojas, de sombras de canto y ritmo, y es una de cinco cosas definitivas que me hacen feliz, y apuesto que será lo primero que veré cuando esté muriendo. Ningún dios podrá apartarme de caminar bajo las hojas de mi última vida.

 

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