El peso de las razones
Antídotos contra la niebla
It seems an unaccountable pleasure, which the spectators of a well written tragedy receive from sorrow, terror, anxiety, and other passions, that are in themselves disagreeable and uneasy
David Hume, “Of Tragedy”
Hay una escena que se repite en muchas salas y habitaciones: alguien apaga la luz, ajusta la cobija como quien se prepara para un viaje, y pone una película que sabe que lo va a dejar inquieto. No es un error de cálculo. No es “a ver qué tal”. Es elección. El dedo presiona play con una mezcla rara de deseo y resignación, como si la noche necesitara una dosis controlada de miedo para sentirse completa.
A veces ocurre con una tragedia vieja, de esas que uno ya ha visto y aun así vuelve. A veces con una historia de horror que promete repulsión. A veces con un documental que te va a apachurrar el pecho. Y después, cuando termina, uno dice -con una sinceridad desconcertante- “estuvo buenísima”. No “aguantable”. No “interesante”. Buenísima. Como si el golpe hubiera sido un regalo.
Hay una forma de placer que no se parece en nada a la sonrisa. Es un placer serio, de ojos húmedos, de silencio largo. Un placer que no se confunde con la alegría, pero que se siente valioso. Uno sale de ciertas obras como sale de una conversación que te cambió un poco: con el corazón pesado, sí, pero también con una especie de limpieza interior, como si el desorden hubiera encontrado un lugar.
Lo extraño es que no hablamos de ese peso como de una falla del entretenimiento. Decimos “me destrozó” y lo hacemos con el orgullo discreto con el que uno presume una cicatriz. “Me dejó mal” y aun así lo recomendamos. Es como si una parte de nosotros sospechara que lo que no duele no cuenta, que lo que no incomoda no toca fondo, que lo que no nos arruga por dentro se queda en la superficie.
En la vida diaria hacemos todo lo posible por esquivar el malestar: evitamos discusiones, bloqueamos noticias, cambiamos de tema, apagamos la angustia con scroll infinito. Sin embargo buscamos, de manera deliberada, una tristeza que viene en formato de libro, un terror que llega con música, un asco con iluminación impecable. No es masoquismo, o no del todo. Es otra cosa: una curiosidad por los límites, una necesidad de probar que seguimos sintiendo.
Porque hay emociones que, fuera de la ficción, son peligrosas. La tristeza profunda puede tragarte. El miedo auténtico te encoge el mundo. El disgusto te hace retroceder. Y aun así, en una sala oscura o entre páginas, esas mismas emociones se vuelven visitables. No dejan de ser intensas. Solo se vuelven, por un rato, habitables.
Uno podría decir: “lo que disfruto no es la tristeza, sino la belleza con la que está contada”. Pero quien ha llorado de verdad con una escena sabe que la belleza no está al margen, como un adorno colocado sobre el dolor, sino metida en el centro, pegada a la herida. No hay por un lado el contenido que lastima y por otro lado el envoltorio que consuela. Es el mismo golpe, dado de cierta manera, el que duele y, al mismo tiempo, nos atrae.
También está esa satisfacción un poco incómoda de descubrirse sensible. Llorar y pensar, aunque sea en secreto: “todavía me conmueve”. Como si la emoción funcionara como prueba de vida. Hay un orgullo pequeño, casi vergonzoso, en comprobar que uno no se ha convertido del todo en piedra. Como si el llanto fuera un recibo que certifica que no hemos perdido la capacidad de importarnos.
El riesgo, claro, es que esa satisfacción se vuelva un espejo: que vayamos a la tragedia para mirarnos a nosotros mismos siendo “buenas personas”. Que el dolor ajeno se vuelva escenario para nuestra autoestima moral. La obra entonces se contamina, se vuelve ceremonia de autoaplauso. Pero las mejores historias no te dejan en ese lugar cómodo. Las mejores te sacan del espejo y te ponen frente a algo más grande, más oscuro, más real.
Y está el otro motivo, quizá el más humano: el deseo de intensidad. La vida cotidiana es, muchas veces, una sopa tibia. Tráfico, pendientes, notificaciones. Hay días en que uno no siente nada con claridad, solo cansancio. En ese fondo de anestesia, una obra que te atraviesa es un relámpago: duele, sí, pero por fin te despierta. Las emociones aquí parecen antídotos contra la niebla.
Sin embargo la intensidad no basta como explicación. Si solo quisiéramos “sentir algo”, nos bastaría una vez. Y no: volvemos. Volvemos a la misma tragedia que ya conocemos, al final que ya nos sabemos de memoria, a la escena que ya nos rompió. Volvemos como quien vuelve a un lugar donde ocurrió algo importante. Como si el conocimiento no gastara la experiencia, como si saber lo que viene no fuera capaz de neutralizar el golpe.
Quizá porque lo que buscamos no es la sorpresa, sino el modo particular en que esa historia ordena el caos. En la vida real el dolor es torpe, llega sin forma, sin música, sin cierre. En una obra, incluso la desgracia tiene estructura. No por eso es menos dolorosa, pero se vuelve comprensible en un sentido raro: no como explicación racional, sino como figura. Como algo que puede mirarse sin que te devore por completo.
Hay, además, una seguridad simple y poderosa: saber que puedes salir. Puedes pausar. Puedes cerrar el libro. Puedes ir por agua. Esa posibilidad de escape no elimina el miedo, pero lo encuadra. Como si el cuerpo aceptara asomarse al abismo porque la mano está cerca del interruptor. Y aun así, a veces, ni el interruptor salva: hay imágenes que se quedan pegadas, hay escenas que te siguen al pasillo, hay frases que te alcanzan en la madrugada.
Por eso resulta insuficiente imaginar que el malestar se “suaviza” hasta volverse casi otra cosa. No. A veces duele de veras. A veces el terror te acelera el corazón. A veces el asco te revuelve el estómago. Si todo fuera un simulacro liviano, no hablaríamos de “perturbación”. No recomendaríamos con cautela. No diríamos “no sé si sea para ti”.
Entonces queda lo esencial: que hay un tipo de dolor que, en ciertos marcos, se vuelve deseable. No porque deje de ser dolor, sino porque viene acompañado de una conciencia particular: la de estar a salvo mientras sientes. Una conciencia extraña, doble, que permite experimentar lo que normalmente evitarías. Como si el cuerpo gritara “peligro” y otra parte de ti respondiera “tranquilo, es un ensayo”.
Y esa palabra -ensayo- importa más de lo que parece. En el arte probamos pérdidas que todavía no hemos sufrido, despedidas que algún día serán nuestras, ruinas que nos esperan a la vuelta del calendario. No como pronóstico, sino como preparación. Como entrenamiento emocional, sí, pero también como reconocimiento: esto forma parte de la vida, no puedo vivir como si no existiera.
Tal vez por eso ciertas historias no nos deprimen; nos vuelven más lúcidos. Nos recuerdan que la alegría no es el único tono legítimo de la existencia. Que hay una dignidad en mirar de frente lo que asusta. Que el sufrimiento, cuando no te aplasta, puede afinarte. No te vuelve “mejor” por arte de magia. Te vuelve, a veces, más consciente de lo frágil que es todo.
Al final, la paradoja se parece menos a un rompecabezas y más a una confesión: buscamos esas obras porque nos enseñan a sentir en condiciones menos brutales que la vida. Porque ahí, en la tristeza y el terror, hay un valor que no cabe en la palabra “placer”, pero que reconocemos cuando ocurre: una verdad emocional, una forma de compañía, una intensidad que nos devuelve al mundo.
Y quizá lo más inquietante no es que gocemos del dolor en el arte, sino que el arte solo haga visible algo que ya practicamos fuera de él. También nos asomamos al abismo en conversaciones que sabemos que nos van a doler, en recuerdos que regresamos a visitar, en canciones que nos rompen. No siempre queremos estar bien. A veces queremos estar despiertos. Y para eso, por extraño que suene, elegimos una tristeza que valga la pena.




