Opciones y decisiones
Profetas de falsos paraísos
Recién comentábamos, en mi pasada colaboración, la crucial diferencia que existe entre seres animados, por el dato de su nacimiento; respecto del cual se afirma: los mamíferos son paridos, los seres humanos vienen al mundo. Concepto creado por el filósofo alemán Martin Heidegger (Messkirch, 26 de septiembre de 1889 – Friburgo, 26 de mayo de 1976), que su seguidor Peter Sloterdijk recupera en su trilogía Esferas (Cfr. Opus cit. Esferas III, formato digital, C. Islas antropógenas, Loc. 4988), y explica: La isla del ser depara el clima estimulante en el que ser parido se eleva a venir-al-mundo (Ibid. Loc. 5416).
Avenida explicativa cuya deriva en la ciencia merece un especial tratamiento, citábamos en efecto: El psicoanalista y biólogo evolutivo británico John Bowlby ha conceptualizado la psicología del riesgo de hacerse humano. (…) En cuya búsqueda, consiguió mostrar hasta qué punto las fases tempranas de existencia homínida y humana dependen, por su diseño psicobiológico, de una estrecha simbiosis madre-hijo (Cfr. Ut supra. Loc. 5398). La madre, según el mismo autor, respecto del hijo, es “su entorno de acomodación evolutiva”.
Curiosamente, la nochevieja 2025 y el año nuevo 2026 han transitado por una sorprendente puesta en escena teatral, la obra Malinche, de Nacho Cano, en CDMX, Frontón México. Cuyo mensaje central es el nacimiento del mestizaje, o nacimiento de una nueva cultura a través de una historia de amor que simboliza la unión entre México y España. Una evocación que ensaya ese “elevándonos a venir al mundo”.
Lo que nos lleva a contrastar ese otro modo antisemiótico que interpreta dramáticamente nuestra cultura indiana-española (indi: proviene de la palabra “India”, que en este contexto se refiere a los pueblos indígenas de América, un error de Colón que pensó haber llegado a las Indias Orientales). Y que también se aloja dramáticamente en nuestro ancestral colectivo: “Hijos de la chingada”, pronunciado por nuestro demiurgo Octavio Paz, en su célebre obra El Laberinto de la Soledad (1950). “Con ese grito […] nos afirmamos y afirmamos a nuestra patria, frente, contra y a pesar de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás son los ‘hijos de la Chingada’: los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales. En todo caso, los ‘otros’. Esto es, todos aquellos que no son lo que nosotros somos” (Paz 1990: 90-91).
En este predicamento, nos ubica la radical polarización de mexicanos-as que la ideología populista del movimiento morenista o de “cuarta transformación” con que pretende literalmente partir en dos a la población nacional, como la herida original de la supuesta madre violada. Ruptura maniquea extrema que radicalmente debemos recusar, en plena libertad de nuestro legítimo nacimiento. Dividirnos, en lo que ya hemos expresado, “hijos de oro” elegidos a su paraíso en la Tierra, y el resto de “hijos de plata y bronce” expulsados al exterior, los sin patria. Cultural y literalmente hablando, “hijos de la Chingada”. Esta obviamente falaz calificación distintiva cae por tierra ante el peso gravitacional de nuestra cultura originaria de México, la unión indestructible acaecida precisamente por nuestro origen mestizo.
Retomemos, “venir al mundo” distingue al ser humano de cualquier otro animal sobre la Tierra, pero a la vez lo dota con la potencialidad de construir, en común con otros, su entorno vital; este solo dato es fundamental para entender el papel crítico que juega su naturaleza asociativa como condición indispensable de posibilidad para su crecimiento y desarrollo. Y se traduce en celebración de nuestro país y de nuestra cultura mestiza, por origen y dignidad humana.
Solo para enfatizar esta dignidad real de nuestra mexicanidad, destaco algunas ideas seminales de una auténtica antropología social, sin la ruptura maniquea que induce la miope ideología populista. Vuelta al origen.
Existe una liga inherente entre persona y ser humano. Su etimología: Prefijo per = “por, a través de” y el verbo latino sonare = “emitir sonido, vocear”. Lo que nos remite a las representaciones en un anfiteatro greco-romano, en que los personajes usaban una máscara, cuya función era ocultar en el misterio su identidad, y cuyo uso se extendía en las fiestas del Carnaval o en las Bacanales.
Entre las normas más antiguas de la humanidad están consignadas unas de las que aparecen en el Código de Hammurabi: “Si ha reventado el ojo de un esclavo de un hombre libre, pagará la mitad de su precio (del precio del esclavo)”. “Si un hombre conoce carnalmente a su hija, se desterrará a ese hombre de la ciudad”. Normas que nos merecen admiración por ser normas morales en la era prehistoria de la humanidad, para salvaguardar el respeto debido a la persona humana y su dignidad. Y respeto, debido a su antigüedad como normas prácticas de conducta y custodia del bien común de la sociedad.
La definición de persona como “un constructo gnoseológico” (se entiende, una creación intelectual), que fue gradualmente elaborado al paso de los siglos, significa: Un producto de la intuición inteligente del ser humano que sometió gradualmente a la crítica del conocimiento y fue perfeccionando a lo largo de las diversas eras del proceso civilizador tanto del hombre como de la mujer.
El dualismo “alma/cuerpo” representa para la evolución del concepto de persona, un acierto porque distingue entre dos elementos, uno de suprema nobleza semejante a la divinidad, y otro caduco y mortal, absolutamente pasajero. Es una concepción realista del ser humano, ya que acepta la convivencia de sus dos elementos existenciales, y hace posible su presencia en el universo físico.
El “encuentro dialogal” de la persona permite representar la dinámica que fluye como proviniendo de un ser con identidad propia, al tiempo que le hace capaz de mostrar solidaridad, empatía y comunión con los otros; precisamente en un estar “cara a cara” con el que es auténticamente otro; no una mera extensión de mí mismo. Esta dinámica finca el espacio trascendente de una persona con otra, es decir, nunca la interioridad absorbe la exterioridad del otro como otro.
Grandes pensadores lo expresan así. Martin Buber: Soy yo reflejado como un espejo en el rostro del otro, elemento clave de la “filosofía del rostro”. Franz Rosenzweig: La realidad del mundo y la trascendencia de Dios ponen en jaque la idea de totalidad. Emmanuel Levinas: Hay una triple relación: con los demás hombres, con el mundo y con Dios. La relación yo-tú es suprema para el hombre. La relación con el mundo es solo una relación con el “ello”. Somos realmente humanos solo en el encuentro interpersonal.
Valgan estas ideas como una aproximación a la dignidad de la persona como auténtico ser humano. Cualquier ideología que niegue estos principios trascendentales, es falsedad de la verdad. Pero, lo que es peor, enajena la mente y el corazón de los que son oyentes de esta necedad torpe y vacía de contenidos existenciales verdaderamente humanos.




