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lunes, febrero 23, 2026

¿Por qué discutimos sobre nuestros gustos? | El peso de las razones por: Mario Gensollen

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El peso de las razones 

¿Por qué discutimos sobre nuestros gustos?

Conocemos la escena: alguien recomienda una película, otro frunce el ceño, y de pronto la mesa se llena de razones. “Es pretenciosa”, “es honesta”, “está mal actuada”, “te falta verla bien”. Lo curioso no es que tengamos gustos distintos; lo curioso es que nos importe. Nadie se enciende así por la marca de servilletas. En cambio, por una novela, canción, cuadro o serie, sí: discutimos como si hubiera algo en juego.

La sentencia latina lo niega con suficiencia: De gustibus non disputandum est (En cuestiones de gustos, no puede haber disputas). Sin embargo, discutimos. La máxima parece describir un mundo civilizado inexistente, porque el hecho bruto es que la gente debate sobre arte y belleza, a veces con paciencia crítica, a veces con furia doméstica, y no solo entre “expertos” sino en la conversación común. Ese choque entre el “no tiene caso” y el “no puedo evitarlo” es el verdadero problema.

La salida fácil dice: discutimos por vanidad, tribalismo, deseo de victoria. Algo de eso ocurre, claro. Pero si esa fuera toda la historia, la discusión estética sería solo una modalidad del pleito, y no lo es. Muchas veces la conversación sobre gustos tiene una estructura extraña: se vuelve una forma de atención compartida. No es solo “me gusta”, sino “mira esto”: mira cómo está construido, mira qué hace, qué logra.

No parece haber una razón obvia para querer convencer a alguien de que algo es bello o valioso. No obstante, hay evidencia abundante de que lo intentamos. Somos animales disputadores, compulsivos en la búsqueda de aquiescencia, y el gusto se mete en esa compulsión de un modo difícil de justificar.

Frente a la cuestión de las discusiones estéticas, la primera familia de posiciones consiste en tomar la máxima latina al pie de la letra, pero no como descripción sino como norma: “no discutas; es inútil”. Si no hay criterios objetivos, no hay disputa auténtica; a lo mucho hay choque de preferencias. En su versión filosófica más rígida, dice que las “disputas” estéticas son pseudodisputas, porque una disputa real tendría que ser sobre hechos, y aquí -se dice- no los hay.

La segunda familia es el emotivismo/expresivismo: los términos evaluativos no describen el mundo, expresan actitudes y buscan provocar respuestas. “Bello” funciona como “bueno”; no afirma un hecho, contagia una emoción. En consecuencia, discutir sobre valor sería, en rigor, imposible; cuando argumentamos, en el fondo solo discutimos hechos auxiliares (qué pasa en la obra, qué técnicas usa, qué intención hay) y lo demás es expresión.

Pero, si eso fuera correcto, ¿por qué la estética se comporta como si hubiera algo que corregir en el otro? La crítica no actúa como quien solo “expresa” y se va; vuelve, insiste, reencuadra, señala detalles. Y la conversación cotidiana hace lo mismo.

La tercera familia es kantiana: cuando juzgamos lo bello, pedimos adhesión como si fuera una propiedad, y lo hacemos porque nos sentimos fortificados con un suelo común. No solo emitimos un gusto privado; reclamamos una validez que busca comunidad. Kant incluso sugiere que hay un interés social: el placer estético quiere ser compartido, y la discusión funciona como un mecanismo de sociabilidad, una refinación pública de la sensibilidad.

La cuarta familia es humeana: hay gusto, sí, pero también hay mejores y peores jueces. La experiencia se educa: práctica, comparación, limpieza de prejuicios. Hume intenta rescatar la posibilidad de estándares sin volver el valor estético un hecho crudo al estilo de la física. Y su analogía famosa -la del vino con la llave y la correa- sugiere algo: a veces hay rasgos reales en el objeto que explican por qué un gusto delicado detecta lo que otros no detectan. Ahora, incluso concediendo que hay reglas, ejemplos, modelos, ¿por qué querríamos “ganar” esa discusión? Hume puede mostrarnos cómo justificar un veredicto, pero no por qué nos importa que el otro lo admita. 

Hay una quinta familia, casi inversa, que aparece como “encogimiento estético de hombros”: quizá en realidad no discutimos, o discutimos solo de manera tenue, y cuando el desacuerdo persiste lo dejamos ir. Algunos contrastan esto con la moral: en moral argumentamos hasta el límite; en estética cedemos antes. Si esto fuera verdad, resolvería el misterio por la vía más barata -no hay fenómeno que explicar-, pero entonces habría que negar la evidencia cotidiana de la crítica, la recomendación, la pelea interminable por “la mejor” novela o película.

La sexta familia es la apuesta realista: discutimos porque tratamos el valor estético como algo que puede estar bien o mal, y por eso tiene sentido que haya corrección, aprendizaje, error. Peter Kivy anuncia con cautela, en su libro De Gustibus, una “defensa tentativa” de un realismo artístico precisamente como respuesta al “por qué” de la discusión estética: si creemos que no es puro gesto expresivo, entonces discutir deja de ser un capricho.

A mí me parece que el mapa se ordena mejor si dejamos de psicologizar el asunto y miramos la gramática práctica de la discusión estética. Cuando alguien dice “la película es buenísima” normalmente no está describiendo su pulso interno; está proponiendo una manera de ver. Está invitando al otro a adoptar un marco de atención: qué cuenta como detalle relevante, qué cuenta como logro, qué cuenta como torpeza. Por eso la discusión se llena de “fíjate”: porque el gusto, en el arte, se parece más a una competencia perceptiva que a una preferencia de helado.

En ese sentido, el punto fuerte de Kant no es su metafísica del “suelo común”, sino la observación de que el juicio de belleza pide adhesión. Y el punto fuerte de Hume no es una lista de características del buen juez de gusto, sino la intuición de que el gusto se puede educar, es decir, que uno puede estar equivocado no por mala fe, sino por falta de práctica o por ceguera a rasgos que están ahí para quien aprende a verlos.

Aquí es donde el emotivismo se queda corto: confunde la dimensión afectiva del gusto con la naturaleza del juicio. Que un juicio estético involucre placer o desagrado no lo vuelve automáticamente un mero desahogo. El crítico no solo descarga; discrimina. Señala estructura, ritmo, densidad, economía, coherencia interna, potencia expresiva. Y el oyente o lector puede, efectivamente, aprender a percibir eso. El desacuerdo no desaparece, pero cambia de nivel: deja de ser choque de gustos y se vuelve discusión sobre qué cuenta y por qué.

También hay un motivo más áspero, menos edificante, que conviene admitir: discutimos porque el gusto organiza jerarquías simbólicas. No solo decimos “me gusta”; decimos, sin decirlo, “sé de qué hablo”, “pertenezco”, “tengo criterio”. Eso vuelve la discusión inevitablemente social, a veces mezquina. Pero incluso ahí la mejor crítica no es la que aplasta al otro, sino la que lo habilita: la que convierte la conversación en una ampliación de mundo, no en un examen de identidad.

En esta discusión yo elijo un realismo estético modesto: hay mejores y peores juicios porque hay rasgos en las obras que justifican, con razones públicas, determinadas evaluaciones; y porque nuestra sensibilidad puede afinarse para responder a esos rasgos. No es un realismo de laboratorio, no promete unanimidad, no elimina la historia ni el contexto, no reduce el gusto a algoritmo. Acepta, por el contrario, que el valor no es una mera proyección arbitraria, pero tampoco un dato bruto independiente de toda mirada educada.

Esa posición explica mejor por qué discutimos. Discutimos porque creemos que el otro puede ver lo que no vio; porque creemos que nosotros podemos haber pasado por alto algo; porque pensamos que la experiencia estética tiene un componente normativo ligero pero real: no “debes” como en moral, pero “tienes razones para”. Y cuando la conversación funciona, se nota: el desacuerdo se vuelve una forma de aprendizaje, no una guerra por imponer un “me gusta” como si fuera decreto.

Al final, discutir de gustos es discutir de atención. No de caprichos, sino de formas de estar ante las cosas. Por eso importa. Y por eso, aunque a veces nos canse, seguimos volviendo a lo mismo: a la escena mínima de la mesa, a la recomendación, al gesto de señalar, a la frase que enciende la conversación. No porque el gusto sea sagrado, sino porque, en cuestiones estéticas, discutir es una manera de aprender a mirar juntos.

mgenso@gmail.com

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