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miércoles, febrero 4, 2026

Moralina / Tres guineas

Tania Magallanes
Tania Magallanes
Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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Estoy triste porque no soy bueno

Carlos Pellicer

 

Ser bueno. Esa pareciera que es la exigencia a la que nos sometemos todos los días, ser buenos y satisfacer las normas. La moral. Porque según las costumbres, lo correcto es ser bueno… aunque quién sabe qué es ser bueno. Podría ser hacer el bien sin mirar a quien,  algo que se relacione con la bondad y empatía, lo que sin querer y avalado por otros nos daría un plus: ser bueno nos otorga calidad moral para decir y hacer, para ser señaladores de los errores en una sociedad que se va pudriendo, decir qué deben pensar los otros y cómo.

Hasta las emociones y sentimientos se rigen por ser buenos y morales. Qué emoción cuando cumples las reglas. Qué indignación cuando otros las rompen. Los malos.

En un intento por apagar un poco el drama, me repito constantemente que mis acciones deberían ser menos sentimentales y más lógicas. Quiero decir, quién no se ha justificado en el confort que da el enojo, la indignación o el miedo ante una situación compleja si es que no supo controlarse: perdóname, es que estaba muy enojada. Tener más “pensamientos éticos” que “sentimientos morales” ayudaría a no despojarnos de la responsabilidad que como Homo sapiens cargamos. Humanos, estamos configurados para la emoción, para gozar y sufrir con ello. Para dejar de pensar cuando llega la cachondez y disfrutarla, aunque la usanza se ha asegurado de que nuestras emociones dependan de nuestra moral. Frígidos.  Como cuando me siento infeliz si descubro que mi emoción sofoca mi raciocinio. Pienso, por ejemplo, en cómo lograr ese desprendimiento sentimental que me hará justa y donde prevalecerá mi conciencia. Sentimentaloide. Debí escribir: Una profunda tribulación se apodera de mí cuando no pienso con claridad. Me ofusco, pues.

La moral como consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como medicina, como estímulo, como freno, como veneno, dice Nietzsche. No importa si no somos objetivos y justos. La moral es el fin primero y último, a pesar de que un buen espíritu sería más bien ético. Sin juicios preliminares sobre ser bueno o malo. Sin anteponer clases y razas, distinciones y discriminaciones en el peor sentido de la palabra. De ser más éticos, nos detendríamos un momento a pensar los hechos antes de opinar y dictaminar. Evaluaríamos a partir de la reflexión. Abandonaríamos la cama por la mañana con la mente en una idea fija: la construcción justa de la vida, de los nuestros, de los otros. Es muy bonita la teoría. La práctica, no tanto.

Siempre está el horror de sospecharse malo. Da vértigo pensar qué tan monstruosos podemos ser, pero nos encanta jugar a estirar la liga para ver hasta dónde truena, hacer cosas a hurtadillas, mentir -poquito- hasta cuándo nos detendrá el qué dirán, a encontrar la línea de la doble moral para rebasarla sin ser descubiertos. Jekyll y Hyde. Buenos o malos. También se goza siendo malo. Amoral. Inmoral. Salir de las buenas costumbres. Transgredir las reglas sociales. Como cuando tengo el deseo de partir en dos a cualquier ejemplar de macho agresor, porque a fin de cuentas la romantización de la venganza me está permitida en estos tiempos por una nueva moral que busca justicia bíblica, personal, sin ética. Ojo por ojo. Lejos de la autodefensa. Lejos de la justicia. Entre todos podríamos matarnos para sentirnos mejor. Yo me siento bien tan solo de pensarlo. Actos de transgresión.

Hace otros pocos días caí en la tentación y exploté mi bondad. A los buenos nos da por admirar el estoicismo de otros. El presidente promulgó la Ley sobre desaparición forzada. Tantán. Yo, yo lloré con las declaraciones de las madres de desaparecidos, con sus testimonios atroces, llenos de miseria institucional, injusticia, agudo dolor, desesperanza. Yo lloro mientras ellas escarban con palas y picos. Nosotros les deseamos las mejores de las suertes, porque pues uno qué hace más que acongojarse. Estoy triste porque no soy buena. Y porque no haré nada. Un me lleva la chingada también justificaría mi obnubilación al pensar y hacer.

Mientras tanto, los golpes de pecho. La bondad. La moralina. No importa ampararnos en el dolor para decir que no pensábamos lo que decíamos. Siempre habrá quién nos disculpe la ofuscación. Somos humanos y morales como síntoma, como máscara, como freno, como veneno. Nos basta, antes que ser éticos.

 

@negramagallanes

 

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