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lunes, febrero 2, 2026

El último tercio para ¿transformar o gobernar?/ Bravuconadas 

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Tesón: Firmeza, constancia, inflexibilidad; tozudez: de tozudo, -da. adj. Obstinado, testarudo.

En su interesante columna Sobreaviso de El Financiero del 7 de octubre pasado, René Delgado, distingue dos cualidades del actual presidente Andrés Manuel López Obrador, en su particular forma de encabezar su gobierno desde su arribo en diciembre de 2018. En un primer momento, y montado en una inercia que venía desde 2006, López Obrador siempre se había distinguido por sostener el impulso de sus acciones basado en el tesón, sabedor de los obstáculos que el sistema político entonces vigente, propondría a su proyecto; así, era imperativo mantener una clara firmeza, sostenerse constante en sus propósitos y ser inflexible ante las adversidades que la realidad le proponía. El resultado de ello es por todos conocido, López Obrador alcanzó su objetivo de ser Presidente de México de manera contundente e inobjetable. El tesón había hecho su trabajo.

A partir de ese enorme logro de haber roto un sistema bipartidista, López Obrador se animó a proponer un gran cambio en la esencia política de México, animado por el gran apoyo de la ciudadanía manifestado en las urnas de aquel 1 de julio de 2018; a tal grado llegó su entusiasmo que alcanzó a concebir la posibilidad de lograr lo que él llamó la Cuarta Transformación del país, de la talla de la Independencia, la Reforma y la mismísima Revolución. Su ambicioso proyecto de nación dio por sentado que el país estaba listo para ese gran cambio, que los mexicanos y las circunstancias nacionales estaban maduros para admitir y asimilar su nuevo concepto político. Su “pequeño” error consistió en creer que su proyecto era compartido y encontraba simpatía en la mayoría de los mexicanos, y alcanzaba simpatizantes y apoyadores en todos los sectores y en todas las regiones de México.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador sabía que la Cuarta Transformación era su proyecto, luego, debía tener la fuerza y el poder necesarios para impulsarlo y hacerlo realidad. La estructura orgánica del gobierno debía atender y obedecer de manera irrestricta sus personales directrices; el equipo de gobierno sólo sería efectivo si atendía disciplinada y calladamente sus intenciones y su personal voluntad, luego, era primordial garantizar su lealtad incluso a costa de probar capacidad o experiencia en las tareas o exigencias de la administración pública federal. López Obrador, pronto cayó en cuenta de que el tamaño y las necesidades de su Transformación tenían más obstáculos y requerimientos de los que originalmente había calculado. El andamiaje institucional para el control de las decisiones del Ejecutivo eran un serio problema, era entonces necesario acotarlo o de plano suprimirlo. Pero ahí no terminaba el problema, enfrente también estaba todo ese entramado legal que limitaba o acotaba su proyecto, desde la Constitución hasta esa batería de leyes y normas establecidas y heredadas por sus antecesores e históricos adversarios, los conservadores neoliberales.

Pero disponía también de una mayoría legislativa en ambas cámaras, compuesta, esencialmente por incondicionales a su persona, de ahí que inició un proceso de depuración de innumerables leyes y normas que le resultaban un escollo para sus intenciones, tarea que se ha desarrollado de manera puntual e inmediata, bajo la premisa de hacerlo “sin cambiar una coma” a las propuestas legislativas del presidente.

Sin embargo, el cálculo de López Obrador no fue del todo preciso, enfrente quedó una oposición política y legislativa renuente a aceptar su voluntad de manera callada y sumisa, que se las ha ingeniado para tratar de contener la asfixiante voluntad presidencial, lográndolo en parte, resistiendo y confrontando a AMLO, hasta ahora de manera pacífica y dentro del marco de la ley. Adicionalmente en la resistencia a la voluntad personal de López Obrador, se mostraron algunas circunstancias que no tenía debidamente consideradas el presidente, como los efectos legales que representan los tratados internacionales, particularmente el T-MEC, y que chocó este año con el proyecto de reforma a la industria eléctrica impulsada por su gobierno, y que hoy lo tiene contra las cuerdas, ante la posibilidad de una fuerte sanción comercial por parte de sus socios EU y Canadá. Otra de las circunstancias adversas a la Cuarta Transformación o al propio Presidente, es en su conjunto la realidad, esa terca realidad.

Esa realidad se ha manifestado crudamente ante la voluntad del titular del Ejecutivo de una manera dura y contundente. La inflación ha alcanzado niveles que no se habían presentado en veinte años, impactando en la calidad de vida de los mexicanos de manera cruel, elevando el costo de bienes y servicios necesarios e imprescindibles como los alimentos, el transporte, la energía eléctrica, el gas doméstico, etcétera. El gobierno federal ha intentado, sin éxito, contener los efectos de la dura situación económica, pero sólo ha quedado en eso, en mero intento. Pronto veremos los efectos de esta situación en el ánimo de los mexicanos para con el proyecto transformador del presidente.

A estas alturas de la gestión lopezobradorista, hacia su último tercio, aquel tesón se ha vuelto tozudez del presidente. Ya lleva rato, saltándose las trancas del marco legal de México. Se volvieron famosas sus frases de: “no me vengan con eso de que la ley es la ley”, o de que “prefiere la justicia a la legalidad”. Ello lo ha llevado a pelearse con los otros poderes cuando lo contradicen, incluso con sus correligionarios, o con la iglesia a la que ha tachado de hipócrita, o los “voraces” empresarios, o las universidades, o los médicos, o…

Para garantizar la continuidad de su proyecto AMLO se definió hace ya al menos un par de años de manera clara, por aliarse con las fuerzas armadas, asignándoles tareas y funciones alejadas de sus competencias constitucionales, acompañado de canonjías presupuestales y creando una nueva élite política en el país, con insospechadas consecuencias y efectos para la vida democrática del país, aunque a estas alturas, ya no queda claro si la democracia es una vocación del presidente.

¿Transformar o gobernar? ¿Hacia dónde nos conducirá López Obrador en su último tercio?

mario.bravo58@hotmail.com

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