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viernes, febrero 6, 2026

Analítica del miedo/ El peso de las razones

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El miedo, como otras emociones, tiene distintos componentes: valorativos, fisiológicos, fenomenológicos, expresivos, conductuales y mentales. Del miedo es responsable la amígdala, una estructura subcortical que se encuentra ubicada en la parte interna del lóbulo temporal medial de todos los mamíferos, no mayor al tamaño de una almendra. De sus distintos componentes, algunos piensan que los valorativos resultan de especial importancia, pues hay miedos justificados y miedos injustificados, miedos que nos salvan la vida y miedos que nos impiden vivir, miedos irreales y miedos muy reales. Hay tanto de cuestionable en el temeroso patológico (quien les tiene miedo a las barbas largas, fogonofobia; o a los palillos chinos, consecotaleofobia); como en el imprudente que no le teme a nada (a veces debido a la enfermedad Urbach-Wiethe, en ocasiones debido a saltar mucho de aviones con paracaídas). Aristóteles consideraba que tanto la temeridad como la cobardía son los extremos viciosos de la virtud de la valentía. Quizá, como no pocas veces, el Estagirita tenía razón.

La pluma e inteligencia de Sara Mesa, narradora excepcional y creadora de mundos extraños y agobiantes (basta leer sus novelas Cara de pan, Un amor o La familia) es la responsable de un breve y perspicaz ensayo, titulado Perder el miedo. En éste explora desde diferentes perspectivas nuestros distintos miedos, e incluso hacia el final nos regala interesantes listas de recomendaciones literarias, cinematográficas y pictóricas que generan miedos estéticos. El ensayo de Sara Mesa es, ante todo, una analítica del miedo: lo que le interesa es hacer sutiles distinciones, y vaya si las traza.

Para Mesa el miedo tiene edades: nuestros miedos no siempre han sido los mismos. En nuestra infancia, el escenario del miedo solía ser el dormitorio, su función era nocturna y nuestro escudo tenía una sábana en el rostro.  En la adolescencia, el escenario era la escuela, y los miedos eran al ridículo, al rechazo y a los cambios corporales. En la madurez el miedo no es a lo que viene sino a lo que se va y nunca regresará. El miedo a envejecer (gerontofobia), algo inevitable, sólo es el prefacio al miedo a nuestra única certeza.

El miedo tiene sesgos estéticos: la belleza protege a algunos del miedo. De los guapos su principal miedo es dejar de serlo. Pero como el miedo se relaciona con el sentimiento de pérdida, piensa Mesa, “el que lo tiene todo, paradójicamente, puede sentir más miedo que el que no tiene nada”. Los guapos tienen sus miedos exclusivos: a que su belleza oculte su inteligencia o a generar envidia, por ejemplo. Estos son miedos privilegiados. Pero también hay sesgos económicos: miedos de ricos, miedos de pobres, miedos de la clase media. El miedo muchas veces es profundamente clasista: “La clase media quiere tener trabajo (de hecho, quiere tener mucho trabajo) y su mayor miedo es perderlo (ser despedido, no encontrar clientes, bajar de nivel y de rango, dejar de ser útil para la empresa, verse forzado a cerrar el negocio y otras modalidades de submiedos). Los ricos, en cambio, a lo que temen es al trabajo mismo: ¡qué indignidad, qué deshonor mayúsculo si tuvieran que ponerse a trabajar! Muy lejos de ambos grupos están los pobres de solemnidad, que, como no tienen nada de nada, tampoco tienen trabajo (y bien que cargan con el estigma: vagos, caraduras, etc., a pesar de que nadie jamás quiere emplearlos). En todo caso podemos concluir que perder el trabajo (el espectro de paro extendiéndose como una marea de chapopote) es un miedo muy vulgar, solo de clase media”.

Mesa también ahonda en el papel que cumple la publicidad al generarnos miedos para cumplir sus objetivos. Pocas cosas más provechosas que el miedo para venderte una crema, unas pastillas, un seguro médico, o cámaras de seguridad para tu casa y oficina. La publicidad nos dice a qué debemos temerle, cuando lo que en verdad resulta temible es la publicidad misma. Algo similar pasa con la teología: “sin miedo no hay religión que valga”. Por ejemplo, el cruel dios del Antiguo Testamento hace ver a Satanás como un pobre aficionado: azota con hambrunas y plagas, destruye pueblos, y castiga al tataranieto por los fallos de un anciano al que jamás conoció. Las religiones, como la católica, son disonantes: “La contradicción que se manifiesta aquí es tremenda: por un lado, está el miedo al infierno y al pecado, la venganza de un Dios al que jamás hay que ofender ni defraudar…; por otro, todo ese miedo lo puede quitar quien lo produce”. Las religiones, como señala Mesa, nos dicen que “no hay que tenerle miedo a nada salvo a Dios”. Pero lo más peligroso de este miedo teológico es que lleva al fanatismo: “El miedo exacerbado a Dios conduce al fanatismo y no hay nada que cause más miedo que un fanático”. Aunque viendo bien las cosas, el fanático no es más que un cobarde que teme sin control a dioses que otras personas más imaginativas, ambiciosas y sedientas de poder han inventado. Y así como el publicista y el teólogo usan el miedo para subyugarnos, nadie lo hace mejor que el político: “Alentemos el miedo, piensan los poderosos, y así podremos manipular mejor a nuestros súbditos”. Los políticos inician magnificando el miedo a algo, luego señalan un culpable, hacen del culpable y el miedo una gran amenaza (siempre con la complicidad de algunos medios de comunicación), señalan como salvador a su líder carismático cuyo tono es el propio del predicador, y terminan actuando contra el presunto enemigo sin escrúpulos. Concluye Mesa: “Pues ya está: una buena dosis de obediencia, otra de sumisión, complicidades bien pensadas, mecanismos de control social, todo aderezado con grandes cantidades de miedo, y a servir bien caliente. El plato se llama dictadura o totalitarismo, puede prepararse a la izquierda o derecha de la cocina ―siempre en los extremos― y nunca estaremos libres de él, hay que decirlo”.

Para Sara Mesa el miedo también tiene una geografía (las fronteras, los extraños) y una historia (la de la sofisticación de sus métodos e instrumentos). Hay miedos al amor, hay miedos sexuales. Hay miedos familiares (“La familia es un nido de perversiones” decía Simone de Beauvoir, y nos lo recuerda Sara Mesa), miedo al autoritarismo que hoy se disfraza de paternalismo y sobreprotección. Sobre todo, hay miedo a la muerte: el miedo universal por excelencia. El miedo más real, porque es el miedo a lo único que sabemos de cierto. Como a Sara Mesa me gusta recordar la respuesta que da Snoopy a Charlie Brown cuando este con alarma le señala que algún día se van a morir: “Cierto. Pero los otros días no”.

mgenso@gmail.com

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