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jueves, febrero 5, 2026

Algo va mal con nuestras democracias | El peso de las razones por: Mario Gensollen

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El peso de las razones

Algo va mal con nuestras democracias

Durante la última década, padecemos con mayor frecuencia el terror electoral. Seamos de izquierda o de derecha, cada cierto tiempo tememos algunas victorias: las de los conservadores, las de los progresistas, las de los populistas. En mi caso, las de los incompetentes. En el fondo, tememos que quien resulte vencedor el día de las elecciones destruya lo que nos ha costado tiempo y sangre construir. Tememos que nuestras democracias lleven en su interior la semilla de su propia destrucción. Y no estamos equivocados.

Karl Popper lo señaló de la siguiente manera: “El hombre libre (…) puede ejercer su libertad absoluta; primero, definiendo las leyes, y en última instancia, hasta desafiando la libertad misma y clamando por un tirano. No se trata de una remota posibilidad; esto ha pasado muchas veces; y cada vez que ha sucedido ha puesto en una situación intelectual desesperada a todos los demócratas que adoptan, como base primordial de su credo político, el principio del gobierno de la mayoría o una forma semejante del principio de la soberanía. Por una parte, el principio que han adoptado les exige oponerse a todo lo que no sea el gobierno de la mayoría y, por tanto, a la nueva tiranía; por otra parte, el mismo principio les exige aceptar cualquier decisión que haya tomado la mayoría y, por tanto, aceptar el gobierno del nuevo tirano. La incongruencia de su teoría, por supuesto, debe paralizar sus acciones”. Así, para Popper, la democracia electoral, sumada a cierta concepción de la soberanía, resulta paradójica. Y lo es porque la democracia electoral puede socavar la propia democracia. Las mayorías pueden elegir tiranos, y estos pueden desmantelar las instituciones democráticas. Razones para temer sobran.

El problema central que desata nuestras pesadillas es su apellido, no su nombre propio. Tememos a la democracia electoral porque anhelamos la democracia. Hemos entronado un diseño democrático muy imperfecto y quizá prescindible, un mero símbolo democrático, creyendo que sin él la democracia sería imposible. Llamamos al día de las elecciones, con desagradable cursilería, una “fiesta democrática”; concebimos que los resultados electorales reflejan la “voluntad popular”; y consideramos que votar es una “responsabilidad ciudadana”. En esto, sí nos equivocamos.

Como se ha señalado con recurrencia inútil, una presunta democracia en la que la ciudadanía participa políticamente solo el día de las elecciones no es tal. La participación activa y cotidiana del demos es imprescindible para nutrir nuestras democracias, sobre todo a través de la deliberación pública y la vigilancia contrademocrática (como lo formuló con acierto Pierre Rosanvallon). El día de las elecciones representa, en el mejor de los casos -debido al gasto innecesario y a la grotesca polución visual- el principio de igualdad política que sustenta cualquier democracia: la participación igualitaria de la ciudadanía en la toma de decisiones públicas. Sin embargo, las elecciones no son condición necesaria para una democracia, sino el método que se nos ocurrió para instrumentarla. Es posible una democracia sin elecciones si se respeta el principio de igualdad política. Si pensamos en las últimas elecciones que recordemos, llamar a ese día una “fiesta” parece, como mínimo, irónico.

También resulta ingenuo asumir que los resultados electorales representan sin más la “voluntad popular”, aunque a los ganadores les guste repetir esa narrativa. No es evidente que debamos elegir un procedimiento específico para tomar decisiones colectivas ni que este sea correcto, legítimo o defendible. La autoridad democrática que surge de las elecciones depende en gran medida del método de votación que elijamos, y parece que no existe uno solo que represente fielmente la decisión del pueblo. Todos los métodos de votación tienen ventajas y desventajas, y más que un mecanismo para representar con fidelidad la voluntad popular, son reglas imperfectas que los jugadores (principalmente, los partidos políticos) han acordado respetar.

Tampoco queda claro que votar sea una responsabilidad ciudadana, pues si es el único momento en que la ciudadanía participa en la toma de decisiones públicas, votar sería solo una coartada para indicar su implicación política, cuando lo habitual es que no participe en la vida pública el resto del tiempo. Votar, además, desde un punto de vista estrictamente económico, puede parecer irracional: algunos piensan que el costo de hacerlo (en tiempo y esfuerzo) supera el beneficio esperado, ya que la probabilidad de que un solo voto cambie el resultado de una elección es extremadamente baja. En términos de costo-beneficio, el impacto casi insignificante de un voto individual lleva a pensar que el esfuerzo no justifica el beneficio, lo que hace que el acto de votar parezca una decisión económica subóptima. Si tomamos en conjunto las críticas anteriores, parece que la verdadera responsabilidad ciudadana no es asistir a la “fiesta electoral”, sino vigilar de manera constante y diaria las acciones del gobierno (sea o no electo mediante votaciones).

Escribo estas líneas en la víspera de las elecciones en Estados Unidos. Los temores electorales están presentes en nuestros vecinos del norte y en buena parte del mundo. El resultado de dichas elecciones tendrá una repercusión inmensa en varios conflictos globales, tanto bélicos como económicos, y sin duda en el futuro a corto y mediano plazo de nuestro país. ¿Por qué tememos la voluntad del pueblo estadounidense? Precisamente porque puede tomar una decisión que termine por socavar su propia democracia. Creo, con pesimismo, que así será. Algo va mal con nuestras democracias, y es su apellido, no su nombre propio.

mgenso@gmail.com

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