La Columna J
La sociedad del consumo
“Todo lo que posees acaba poseyéndote”, sentencia Tyler Durden en El club de la pelea. La frase, más que una provocación cinematográfica, constituye una radiografía espiritual de nuestro tiempo. Vivimos en una época donde la identidad parece diluirse entre objetos, marcas, símbolos y promesas de felicidad prefabricada. En esta ocasión, quisiera aprovechar este espacio para reflexionar -a la luz de Jean Baudrillard y su obra La sociedad de consumo– sobre el sentido del deseo, el consumo y la aparente plenitud que la modernidad nos ofrece, especialmente tras el reciente paso del 14 de febrero, fecha emblemática del afecto mercantilizado.
A diferencia del mundo medieval, donde la tensión existencial se debatía entre Dios y el Diablo, el ser humano contemporáneo oscila entre el deseo de consumir y aquello que consume. Ya no habitamos una metafísica del alma, sino una economía del signo. Baudrillard lo expresa con crudeza: “El consumo no es ya la satisfacción de necesidades, sino un sistema de signos”. Consumimos no por necesidad, sino por significado; no por carencia, sino por pertenencia. El objeto ha dejado de ser útil para convertirse en símbolo, en extensión del yo, en prótesis identitaria.
La ley clásica de la oferta y la demanda parece hoy una reliquia teórica incapaz de explicar el frenesí de adquisición que caracteriza a nuestras sociedades. Consumimos incluso aquello que no necesitamos, impulsados por una maquinaria simbólica que convierte el deseo en obligación. Bajo la pirámide de Maslow, podríamos afirmar -sin exagerar- que gran parte de lo que poseemos no responde a necesidades reales, sino a aspiraciones inducidas. Baudrillard advierte: “La sociedad de consumo no se define por la abundancia de bienes, sino por la manipulación sistemática de signos”. Así, el mercado no vende productos, vende significados; no ofrece objetos, ofrece promesas.
El 14 de febrero es un ejemplo paradigmático. Flores, chocolates, cenas, regalos: rituales de compra destinados a demostrar sentimientos que, paradójicamente, trascienden lo material. El amor -experiencia íntima, silenciosa, profunda- se convierte en espectáculo visible y cuantificable. La lógica del consumo transforma el afecto en mercancía y la emoción en transacción. En este proceso, la banalidad del objeto no radica en su forma, sino en la ilusión de sentido que pretende otorgar. Compramos para significar, para representar, para simular. Baudrillard lo diría sin rodeos: “En el consumo no se consumen cosas, se consumen signos de felicidad”.
La sociedad contemporánea está diseñada para el consumo constante. Espacios físicos y digitales -centros comerciales, redes sociales, plataformas virtuales- operan como templos modernos donde el acto de comprar sustituye al acto de contemplar. El sujeto ya no se define por lo que es, sino por lo que tiene. La deuda se vuelve rito de ascenso social; el crédito, instrumento de pertenencia. Se compra para existir en la mirada del otro. Pero esta ilusión de plenitud se desvanece rápidamente, pues el deseo -como señaló Lacan- nunca se satisface, solo se desplaza.
En esta dinámica, el individuo corre el riesgo de fragmentarse. La mente, saturada de estímulos, pierde profundidad; el pensamiento se vuelve superficial; la existencia, dispersa. Baudrillard advierte que el consumo produce una “satisfacción insatisfecha”, una plenitud efímera que exige repetición constante. La felicidad prometida nunca llega del todo, porque su función no es alcanzarse, sino perseguirse. Así, el ser humano queda atrapado en una circularidad simbólica donde consumir equivale a buscar sentido, aunque ese sentido sea ilusorio.
La tragedia no radica en poseer cosas, sino en ser poseídos por ellas. Cuando la identidad depende del objeto, la libertad se reduce. El sujeto se convierte en extensión de la mercancía, en signo dentro del sistema, en consumidor antes que en ser humano. La pregunta fundamental ya no es “¿quién soy?”, sino “¿qué tengo?”. Y en esa sustitución silenciosa se pierde el centro de la existencia.
No se trata, desde luego, de renunciar al mundo material ni de idealizar una austeridad absoluta. Tampoco de invocar la “justa medianía” como negación del progreso. La reflexión apunta más bien a reconocer la cadena de significantes que estructura nuestro deseo. El consumo no es solo un acto económico, es un fenómeno simbólico que moldea la percepción de la realidad. Comprenderlo es el primer paso hacia una conciencia más lúcida.
Hoy más que nunca necesitamos reaprender a observar. No una conciencia plena -quizá aún lejana-, sino una conciencia incipiente, crítica, vigilante. Pensar antes de consumir. Sentir antes de comprar. Reconocer que el sentido de la vida no puede reducirse a la acumulación de objetos ni a la representación social del éxito. La existencia auténtica se construye en el silencio del pensamiento, en la profundidad del ser, en la lucidez de comprender que el deseo no siempre debe obedecerse.
Baudrillard escribió: “El consumo es un mito: es el relato de una sociedad que cree realizarse en la abundancia”. Tal vez nuestra tarea no sea destruir ese mito, sino despertar de él. Volver a preguntarnos por el sentido, por la interioridad, por aquello que no puede comprarse ni venderse. Porque, al final, la verdadera riqueza no reside en lo que poseemos, sino en aquello que ninguna mercancía puede sustituir: la conciencia de ser.
In silentio mei verba, la palabra es poder, la filosofía es libertad.




