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lunes, febrero 2, 2026

¿Identidad o igualdad? | El peso de las razones por: Mario Gensollen

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El peso de las razones 

¿Identidad o igualdad?

En sus memorias, Simone de Beauvoir narra un breve encuentro con Simone Weil. No parece darle demasiada importancia ni recelo ponerlo por escrito. Lo registra como una excentricidad ajena. Pero la escena tiene una densidad moral que Beauvoir nunca termina de advertir. Ahí no sólo se cruzan dos temperamentos: se enfrentan dos maneras de entender la política, la filosofía y, sobre todo, la gravedad del mundo:

“Una gran hambruna había sacudido China, y me dijeron que ella, [Weil] prorrumpió en sollozos cuando recibió aquella noticia; esas lágrimas me obligaron a respetarla aún más que sus dotes para la filosofía. La envidiaba porque tenía un corazón capaz de latir para todo el mundo. Un día pude conocerla. No sé cómo entablamos conversación; me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en toda la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente. ‘Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre’. Este fue el final de nuestras relaciones”.

La frase de Weil es demoledora porque no discute ideas: describe una posición. No refuta un argumento, señala un privilegio. Beauvoir cree estar filosofando; Weil constata que puede hacerlo porque nunca ha pasado hambre. No hay simetría en el intercambio. Weil habla desde el cuerpo; Beauvoir, desde la posibilidad de abstraerse del mismo.

Weil no formula un programa político sofisticado. Dice algo mucho más incómodo: que sólo una cosa importa, dar de comer a todo el mundo. Esa afirmación no es ingenua ni reduccionista; es prioritaria. Nombra el umbral por debajo del cual toda discusión sobre el sentido resulta obscena. Sus lágrimas por China no son sensibilidad cultivada ni empatía performativa. Son la reacción de alguien para quien el sufrimiento ajeno no es un tema, sino un hecho intolerable.

Beauvoir, en cambio, responde con una frase que quiere ser profunda y acaba siendo reveladora. Oponer el sentido a la felicidad, y ambos al hambre, es un gesto típicamente burgués: sólo quien tiene garantizadas las condiciones materiales mínimas puede permitirse declarar que lo verdaderamente importante es otra cosa. Beauvoir no sólo se equivoca en el orden de las prioridades; se engaña sobre la naturaleza de su propia lucidez.

Lo que molesta de ese pasaje no es que Beauvoir no esté a la altura moral de Weil -eso sería una comparación banal-, sino que no perciba su propia frivolidad. Cree estar planteando un problema más alto cuando, en realidad, está descendiendo al terreno cómodo donde la filosofía se vuelve autocomplaciente. Frente a la severa ética de Weil, Beauvoir ofrece psicología existencial de salón.

Ahí se perfila una diferencia que no es sólo personal, sino histórica. Weil representa una izquierda para la cual la igualdad no es un ideal narrativo, sino una exigencia material. Una izquierda que no empieza por la identidad, ni por el lenguaje, ni por la experiencia subjetiva, sino por la mesa vacía. Su radicalidad no consiste en denunciarlo todo, sino en no permitirse distracciones.

Beauvoir anticipa, en cambio, una izquierda que se enamora de su propia agudeza. Una izquierda que sustituye la pregunta “¿quién no come?” por la pregunta “¿qué sentido tiene la vida?”. No porque la segunda sea ilegítima, sino porque puede formularse sin que nada urgente esté en juego. Es la antesala de una política que confunde profundidad con refinamiento y crítica con autoconciencia.

La frase de Weil corta esa deriva de raíz. “Cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre” no es una salida airada: es un diagnóstico. Marca el punto exacto donde la reflexión se separa de la realidad. Donde el pensamiento deja de responder a una necesidad y empieza a girar sobre sí mismo.

Desde ahí puede leerse buena parte de la izquierda contemporánea. Una izquierda que habla mucho de sentido, de reconocimiento, de experiencia, pero que se muestra sorprendentemente liviana frente a la desigualdad material. Una izquierda que moraliza con entusiasmo, pero redistribuye poco. Que vigila el lenguaje con celo y tolera, sin demasiada incomodidad, la persistencia de estructuras económicas brutales.

Weil no habría tenido paciencia para esa deriva. No porque despreciara la complejidad, sino porque sabía distinguir lo esencial de lo accesorio. Su ética no era identitaria, sino igualitaria. No preguntaba quién eres, sino qué te falta. No convertía el sufrimiento en capital simbólico ni en argumento moral: lo tomaba como un escándalo que exige respuesta.

Beauvoir, en ese encuentro, no sólo no ve a Weil: tampoco se ve a sí misma. No advierte que su supuesta profundidad depende de una red de seguridades invisibles. No percibe que su filosofía del sentido es posible porque otros se encargan -o fracasan- en resolver lo elemental. Esa ceguera no es individual: es estructural. Y de ahí su importancia.

La izquierda frívola no nace del cinismo, sino del privilegio. Nace cuando la urgencia se vuelve discurso y la miseria, objeto de reflexión. Cuando la política deja de organizar prioridades y se convierte en una competencia por la posición moral más afinada. Cuando el hambre se vuelve una metáfora y no un límite.

Weil no ofrece consuelo ni elegancia. Ofrece incomodidad. Obliga a aceptar que hay preguntas que sólo pueden hacerse después, y que insistir en hacerlas antes no es lucidez, sino frivolidad. Frente a eso, Beauvoir aparece no como una pensadora trágica, sino como una filósofa demasiado satisfecha de sí misma.

Por eso la escena sigue importando. Porque muestra el momento exacto en que una izquierda abandona la aspiración material de la igualdad para abrazar el caos existencialista de la identidad. Y porque recuerda algo que convendría no olvidar: toda política que empieza por el sentido y no por el hambre acaba pareciéndose demasiado a una coartada intelectual. Y toda filosofía que no sabe reconocer a quien es moralmente más grande que ella, termina hablando, sobre todo, de sí misma.

mgenso@gmail.com

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