Opinión

Racismo, discriminación y genética

Hasta hace algún tiempo creía que las ideas racistas y/o discriminatorias se habían atenuado; que habían dejado de tener significancia social, al menos en las democracias occidentales. Mi creencia se fundamentaba en ciertos acontecimientos notables asociados a esas ideas. El primero que me viene a la memoria es el Ku Klux Klan, que sometió a tratamientos inhumanos a la población afroamericana en los Estados Unidos. Recientemente sólo contaba con unos cuantos afiliados. Se trata de un hecho relevante, ya que, según se dice, alcanzó cerca de los seis millones de miembros a partir de su fundación en 1865. Por otra parte, el triunfo de Mandela en 1994 en Sudáfrica y la desaparición del Apartheid en ese país fue otro evento esperanzador.

No hay que olvidar que las actitudes racistas y/o discriminatorias se fundan en un argumento inaceptable para una desprejuiciada intuición de la justicia: asumen que sus víctimas son “culpables” por el sólo hecho de pertenecer a una determinada etnia, raza o identidad cultural. No juzgan necesario alegar ningún comportamiento punible de carácter individual. Un judío que es un buen hombre y un afroamericano decente pueden ser culpabilizados por el solo hecho de su condición racial o cultural.

En algún momento, al menos por lo que a mí respecta, pensé, como dije al principio, que estas creencias sobre razas superiores e inferiores y las prácticas discriminatorias fundadas en ellas habían declinado para siempre. No obstante, en la actualidad puede constatarse que ya no es así. En estos últimos años es observable una tendencia creciente en cuanto a la consolidación de grupos humanos que participan en actividades políticas movidos por actitudes racistas y discriminatorias. Los supremacistas blancos en los Estados Unidos, los neonazis que llegan por primera vez al parlamento alemán, los seguidores de Bolsonaro en Brasil, la fundación del partido de extrema derecha, Vox, en España, son, entre muchos otros, ejemplos de partidarios de la superioridad de una raza, etnia o cultura -por supuesto, la suya- sobre las demás.

Desde mi punto de vista, existe un amplio conjunto de criterios éticos y morales que debieran inducirnos a considerar que estas actitudes son inadmisibles e inhumanas. Pero ahora, además de esas nociones culturales, podemos ofrecer un nuevo criterio proveniente de la ciencia dura.

La genética, desarrollada por el apacible párroco Gregor Johann Mendel, mediante la observación paciente de sus cultivos de chicharos, permite, hoy en día, establecer, vía la decodificación del ADN, el linaje ancestral de una persona. Para bosquejar qué nos aporta la genética actual en materia de etnias o razas me permitiré contarles una breve historia sobre este asunto. Un entrañable amigo interesado en estos temas solicitó, mediante una página de Internet, la decodificación de su ADN. Cuando le llegaron los resultados constató que tiene una regular proporción de ancestros localizados en la Península Ibérica, como era de esperarse. Tiene otras proporciones de ancestros en tierras escocesas e irlandesas. Finalmente, para su sorpresa, también posee ancestros mesoamericanos y una proporción pequeña, pero no negligible, de judíos azkenazis (no semitas).

Según me cuenta, cuando mencionó estos resultados a su familia política le dijeron que no podía ser cierto lo de su parentesco con mesoamericanos porque no tenía rasgos de “indio”. Y uno de sus sobrinos, que al parecer simpatiza con las creencias racistas, le aseguró que los estudios genéticos del ADN se manipulan con fines políticos. Me resulta sorprendente la firmeza de ciertas creencias racistas y discriminatorias que desafían aún a la evidencia científica aquí en nuestro país, en el mismísimo siglo XXI, en medios familiares acomodados y supuestamente dotados de una buena educación.

Hubo un tiempo en que se creyó en duendes y ninfas, en una amplia gama de supersticiones, en visiones del mundo animistas y en la legitimidad de juicios a mujeres consideradas “brujas”, muchas de las cuales fueron condenadas a la hoguera. Hoy, por lo general, ya no se cree que las enfermedades sean castigos divinos, ni que los eclipses sean señales de que se acaba el mundo. La noción, en la España de fines del medioevo, de “Pureza de Sangre”, inconcebible a la luz de la moderna genética, justificó acciones que sometieron a sufrimientos gratuitos a amplios segmentos de personas inocentes.

La ciencia, entre otras virtudes, tiene la de desmentir estas creencias que en un buen número de situaciones han llevado a los humanos a la comisión de actos inhumanos. Para terminar, me pregunto: ¿podrá la ciencia, en este caso la genética, convencer a un número significativo de humanos de que todos somos unas muy variadas mezclas de razas o etnias? ¿Podrá convencernos de que la noción de raza pura es una mera entelequia? Podrá convencer a buena parte de la humanidad de que si nos adentramos en nuestros linajes ancestrales todos resultaremos parientes, parientes quizá lejanos, pero parientes al fin.

Es cierto también que la ciencia no es una panacea; tiene sus facetas oscuras. Pero ahora quisiera parafrasear una opinión de Richard Feynman, destacado físico contemporáneo, Premio Nobel en 1965. Se dice que una vez le preguntaron por que se usaban tantas matemáticas en su disciplina. Feynman respondió: usamos las matemáticas por que no tenemos nada mejor.  Siguiendo a Feynmann, diría que si queremos hacer nuestras vidas más tolerantes, menos segmentadas por creencias dispares, más alejadas de creencias extranaturales, debemos aprovechar los resultados de la ciencia. No es que sea un remedio universal infalible, pero no tenemos nada mejor.

     

 

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Néstor Duch-Gary

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